Archivo de 30 enero 2008

Los ideogramas: el alma del hexagrama

enero 30, 2008

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Quienes visitan este blog desde los motores de búsqueda, lo hacen con frecuencia a través de la palabra clave “ideograma”. Y hacen bien, porque los ideogramas chinos son el alma del hexagrama. En efecto, la lengua china escrita constituye una extraordinaria y única excepción de escritura simbólica, por contraposición a las habituales formas literales o silábicas. La escritura china es la única del mundo que dibuja un complejo de signos que en su totalidad significan una palabra o concepto, de tal modo que, salvo contadas excepciones, cada término del diccionario es representado por un “ideograma” que le es propio y único. De modo que una persona medianamente culta en China tiene que memorizar ¡cerca de 6000 ideogramas diferentes! Esto ha implicado un fantástico esfuerzo intelectual, que señala al pueblo chino como uno de los más admirables conjuntos étnicos de la humanidad. Bien es verdad que esta notable tarea se les ha facilitado por el carácter monosilábico de la lengua china; pero ello no disminuye el mérito de la hazaña colectiva llevada a cabo desde los tiempos más remotos por sus eruditos o letrados.

Veamos, para aclarar la idea: la totalidad de las formas escritas de las lenguas humanas (cuando las tienen, por supuesto) siguen un sistema basado en la representación de los sonidos de cada idioma configurando lo que nosotros, descendientes grecolatinos, llamamos “alfabeto”. Algunos alfabetos se basan en sonidos aislados, como el latino, el griego, y todos sus descendientes. Otros hay que sólo atienden a las consonantes y las vocales largas, descuidando las vocales breves que son omitidas, o bien representadas, cuando no hay más remedio, por pequeños signos diacríticos colocados por encima o por debajo de las “letras”: tales las lenguas semíticas, árabe y hebreo entre las principales. Otras lenguas, sobre todo extremo-orientales, tienen un alfabeto silábico: en lugar de representar sonidos aislados y elementales, representan sílabas: ma-me-mi-mo-mu; ta-te-ti-to-tu, etc., con algunos agregados vocales para formar los diptongos o terminaciones consonánticas de las sílabas. Variedades de esta forma las encontramos en la escritura hira-gana y kata-kana japonesa, y el han-gul coreano; las primeras se asocian con ideogramas chinos llamados kanji, y la última traza sílabas perfectamente integradas en un cuadradito muy estético. También el sánscrito, y sus descendientes los “prácritos” hindúes a su manera caen en este grupo. Pero una sóla lengua escrita, -o mejor dicho, conjunto de lenguas-, el chino, ha sido tan original y capaz de crear un sistema “ideográfico” completo en sí mismo. Y, a qué negarlo, increíblemente rebuscado.

Ese carácter ideográfico hace que cada palabra escrita en chino contenga un complejo de ingredientes y connotaciones que llevan indefectiblemente a formar asociaciones, conscientes unas, e inconscientes otras. Por eso, cuando explico esto a profesionales “psi”, me gusta afirmar que la lengua china escrita es una lengua psicoanalítica “avant la lettre”. Y me complazco en mostrarles cómo, con los hexagramas del I-Ching, es posible arribar, mediante análisis gramatical, a conclusiones que resultan similares a las que se obtendrían mediante la técnica psicoanalítica de las asociaciones.

Pero volviendo al tema de los ideogramas, debemos saber que la gran mayoría de ellos se compone de dos partes: 1) la raíz o clave, y 2) el componente variable o fonético, así llamado porque se repite con cierta frecuencia en sílabas de igual pronunciación, aunque no necesariamente de igual tono.

Las raíces o claves son en número de 214 en el chino clásico, y permiten la localización del ideograma en los diccionarios. Se supone que en un significativo número de casos la raíz da una somera idea de lo que trata el ideograma: así, por ejemplo, la raíz “madera” o “árbol” estará presente en el trazado de numerosos ideogramas referentes a objetos hechos de madera, bosques, plantaciones, etc, y la raíz “agua” intervendrá en la representación de cosas líquidas o que impliquen componentes líquidos, animales que vivan en el agua, acciones que tengan lugar en el agua, etc.

El componente fonético, a su vez, está integrado por uno o varios elementos gráficos, y éstos, en última instancia, por “trazos”, que originariamente eran golpes de pincel. Contabilizando los trazos, obtenemos un número que nos permite encontrar secuencialmente el ideograma en el diccionario, bajo la sección correspondiente a la raíz. Así, dada la raíz “agua” (Nº85 de la lista de las 214), el ideograma cuyo componente fonético tenga 3 trazos se encontrará después de los que tengan 2 trazos, y así sucesivamente. Buscar una palabra en un diccionario chino clásico resulta un poco más complicado que hacerlo en uno de lenguas occidentales, sin duda.

Arriba, y como ejemplo, vemos algunos ideogramas, que constituyen el tema de los hexagramas 2 (kun), 6 (song), 11 (tai), 18 (gu), 32 (heng), 38 (kui), 39 (jian), y 60 (jie). Los he seleccionado porque resultan bien evidentes los componentes básicos, y porque demuestran que, si bien la regla general es que la raíz se encuentre a la izquierda o arriba del conjunto, hay veces que se encuentra abajo o incluso a la derecha. He trazado las raíces en color rojo, y el resto del ideograma en azul.

Lo que importa retener, de todo esto, es que cada ideograma tiene una traducción de diccionario; pero además encierra en su interior un complejo de componentes semánticos que pueden dar lugar, según los casos, a diferentes planos de sublectura. La teoría sinarúspica atribuye importancia a esos diferentes planos de lectura y los utiliza como una herramienta más de su traducción e interpretación.

Borges, “El jardín de los senderos que se bifurcan”, y el I-Ching

enero 22, 2008

(…)”“El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros (…)” 

Hoy me ha pasado una cosa curiosa. Releía un ensayo de Jonathan Spence acerca de la visión occidental sobre China a lo largo del tiempo, cuando tropecé con una referencia al cuento de Jorge Luis Borges titulado “El jardín de los senderos que se bifurcan”, contenido en sus “Ficciones” (1944). Como la literatura latinoamericana nunca ha sido mi fuerte, hice lo que hacemos muchos: buscar refrescar conocimientos en la “web”. Y héte aquí que, ¡afortunada coincidencia!, alguien transcribió ese cuento en una página, precisamente hoy. Hecho “sincrónico” que me ha permitido reencontrarme con  ese texto, ya prácticamente olvidado desde mis lecturas adolescentes, y sacar novedosas conclusiones frente a él. Si ayer me parecía un ingenioso cuento corto, de índole policial, hoy toma otro cariz absolutamente diferente.

Hoy me parece una magnífica metáfora de las infinitas posibilidades que abre a cada momento el Destino, y de cómo una decisión dada, buena o mala, vuelve a bifurcar nuestro destino una y otra vez, proponiendo otras tantas posibilidades a nuestro libre albedrío. Y esto me lleva a pensar cómo el Libro de las Mutaciones, al inspirarnos una resolución -que entendemos será siempre positiva para nuestra conveniencia-, puede contribuír a diseñar el plano de evolución temporal más adecuado para nuestra razón de existir en esta Tierra.

Por eso los invito en esta oportunidad a que se reencuentren ustedes también con esta pequeña joyita salida de la pluma de Borges, leyéndola en esa página (y disculpando los errores de copiado dactilográfico que se  han deslizado allí).

Que pasen una agradable lectura.

Un escritor cubano en Hong-Kong (año 1954)

enero 22, 2008

Tomamos del libro de Rodolfo Arango “Pasos por el Oriente” (1955), una selección del capítulo referido a la entrevista  de este viajero con un profesor de literatura, durante su recorrida por Hong Kong, por entonces enclave británico en el sur de China, y uno de los pocos puntos del país que podían pisar los extranjeros. Estamos en lo más álgido de la “guerra fría”, y la “cortina de bambú” funcionaba con rigor. Por eso, para la mayoría de los occidentales la única ventana para asomarse al misterioso mundo chino lo constituían esos resabios del colonialismo que eran los minúsculos enclaves de Macau, portugués, y Hong-Kong, británico.

He tratado de rescatar datos de este autor en la “web”, infructuosamente. Hombre culto y cosmopolita, católico, de pensamiento independiente, supongo que no le debió ir bien durante el régimen castrista, y deduzco que probablemente engrosó el éxodo de cubanos en Miami. Si alguno de mis lectores posee datos fidedignos al respecto, desde ya le agradeceré su aporte.

Me he tomado la libertad literaria de remplazar algunos cubanismos por sus correspondientes argentinismos, y de cambiar algunas comas en el texto original, reduciendo su extensión. Por lo demás, la reproducción es literal.

 Dejémosle la palabra a nuestro autor:

(…) “La víspera de nuestra partida de Hong-Kong tuvimos la suerte, al visitar la Universidad, de de encontrarnos al doctor Lao Lanfang quien, luego de servirnos de cicerón en la breve visita a aquel centro, se ofreció para llevarnos esa noche a una función teatral netamente china.

Nos hizo el honor de venir a buscarnos al hotel acompañado de su esposa, una joven muy agradable, cuyos rasgos chinos eran muy leves: su madre era china y su padre, alemán.

Durante el viaje hacia el teatro, en su pequeño Renault, que él mismo manejaba, correspondiendo a una insinuación nuestra sobre ciertas características de la literatura china, nos dijo:

- Es posible que lo que más se destaque en un análisis de la literatura china sea la “finura de expresión”. Y esta “finura” no es sólo debida a la selección de las palabras y el manejo de sus valores, sino a lo que, combinadas, pueden significar indirectamente, o sea en sentido figurado. En nuestra literatura -más quizá que en ninguna otra- hay que saber “leer entre líneas”. Como ha dicho un moderno autor nuestro, “los chinos han perfeccionado el arte de ahorrar palabras, debido principalmente al carácter monosilábico del idioma”. De ahí que en China el descubrimiento de un lema para la simple venta de un producto o para una campaña política o social tenga mucha importancia, y sea parte de la habilidad intelectual china. En las expresiones más sencillas se advierte. Vea usted, por ejemplo, ese letrero o pasquín de esta pequeña tienda. Traducido a vuestro idioma dice: “Si me pides crédito y no te lo doy, te disgustas; si te lo doy y no me pagas, me disgusto yo. Es mejor que el disgustado seas tú…”

Mientras íbamos casi lentamente a lo largo de una avenida iluminada por el resplandor de los anuncios lumínicos en colores, continuó el doctor Lanfang:

 -En la literatura china se cuida mucho de que la prosa no sea alambicada, sino que tenga ese sabor de una conversación familiar bien conducida. Eso no quiere decir -agregó con malicia- que los catálogos de librerías y de las bibliotecas no estén llenos de libros de prosa excesiva, preciosista y vacía.

-¿Y la influencia occidental?

-Sí, es grande, y a mi juicio ha provocado cambios substanciales en la literatura moderna, especialmente en nuestra prosa.

-Tengo entendido -apuntamos- que la poesía es la zona más valiosa de la literatura china.

-En efecto -asintió-, como ha dicho un autor moderno, conocedor de ambas culturas, “la poesía ha entrado más en la composición de la vida china que en la de Occidente, y no se la considera con esa divertida indiferencia que parece tan general en las sociedades occidentales”. Para darle a usted -prosiguió Lanfang- una idea de la importancia de la poesía en China, le diré que, en todos los tiempos, los hombres cultos han sido poetas, o, por lo menos, han tratado de serlo. Por otra parte, considero con Lin Yutang que la poesía tiene funciones de una religión en China, en lo que pudiera tener de sentimiento del misterio y la belleza del Universo, y una sensación de ternura y compasión por los semejantes y por las criaturas humildes de la vida. La poesía, cultivada con esa sinceridad y amor, ha penetrado en la conciencia china y ha ayudado a una buena parte de la sociedad a comprender la naturaleza y a adquirir un sentido emocional de la existencia.

Habíamos llegado a las inmediaciones del teatro, y la charla, tan interesante y nueva para nosotros, tuvo que ser suspendida con las peripecias del estacionamiento.

Estaba la sala a media luz, y la función no había empezado todavía. La acomodadora, de ancho vestido gris y gracioso quepis rojo, revisó los tickets que le mostró el profesor Lanfang, y pronto nos dejó en nuestros asientos. Celebramos el perfume exquisito de la señora Lanfang, quien recorría con la vista los altos palcos del teatro, ya casi llenos de familias. Nos dijo entonces que era perfume de Paris, y que muchas mujeres de Hong Kong y de Shanghai aman los perfumes franceses, aún por encima de los famosos perfumes orientales. Atendido el capítulo de los cumplimientos para el bello sexo, en la forma menos complicada posible, preguntamos al amable y culto profesor:

-¿Me dijo usted que íbamos a ver una ópera, una ópera china?

-Sí, aunque no en la exacta clasificación occidental -respondió, sonriendo-. En realidad es un drama; pero el drama chino tiene un valor especial, en su estructura y objetivos.  Resulta -añadió- una combinación de diálogos, muy inteligibles para el público, y de canciones cuyas letras, con frecuencia, tienen muy alta calidad poética. Como esas canciones van intercaladas a breves intervalos, y tienen mayor relieve que las partes habladas, nosotros interpretamos la palabra li-si (drama) más bien como equivalente a ópera nacional, porque lo sobresaliente es la música, el canto y su poesía.

Justificamos entonces nuestra extrañeza del primer momento, al observar que el público, que llenaba prácticamente el teatro, no estaba vestido con esa solemnidad con que en nuestros países occidentales se va a la ópera, como a algo que tiene tanto de espectáculo social como artístico, a excepción de Italia, donde la ópera tiene un valor casi popular, y el público acude a ella por atracción sentimental y artística, yendo casi siempre vestido con la natural sencillez con que acude a un espectáculo teatral cualquiera. En ciertas funciones de gala, sin embargo, y especialmente en Roma, la etiqueta es exigida, y así se aclara en los anuncios y programas impresos.

-En nuestro li-si -nos dijo el profesor-, el público generalmente conoce y recuerda bien el argumento y los personajes de las obras. Los reconoce por sus caretas o máscaras, por sus trajes y actitudes convencionales, más que por los diálogos. El hecho de que, a pesar de ello, acuda una y otra vez a “oír” y ver la obra, indica que más que la curiosidad del argumento, lo que le atrae es el contenido artístico: el canto, la música, el color…

Se abrieron las cortinas para empezar la representación de La cámara occidental, obra clásica considerada como una obra maestra de la literatura teatral china. Según nos explicó el doctor Lanfang la obra, en conjunto, tenía veinte actos, aunque en realidad se trataba de una serie de dramas , cada uno de ellos con cuatro episodios, todos formando un solo asunto o argumento.

Confesamos que el choque fue demasiado fuerte en nuestro espíritu. No podíamos interpretar y gustar las maneras musicales y la acción dramática de la célebre obra. La técnica de ese género chino , aparte la oscuridad completa del idioma para nosotros, era tan distinta de la del teatro occidental; los movimientos y las palabras combinadas de tal forma, que por muchos esfuerzos que hacíamos, no podíamos darnos cuenta realmente de la acción. Apareció Inging, la heroína, encarnada por una bella actriz, de largas cejas curvadas, de hermosa cabeza cuyo peinado estaba sujeto por una gran peineta de jade. se oía el murmullo de una recitación, antes de que ella, tras de algunos movimientos suaves, casi ondulantes, comenzara a hablar. Nuestro amigo, el caballero chino, fascinado, nos dijo al oído:

-Es lástima que usted no comprenda. Los versos la van describiendo en un bello y sutil lenguaje. Estos versos chinos son la forma más delicada y expresiva de describir a una bella mujer que, además, está llena de alma.

La música, desde el punto de vista nuestro, nos defraudó con sus excesos de bombos y platillos. Aún por encima del estruendo de estos y de otros instrumentos musicales, las voces de los actores, unas voces agudas, en falsete, que llenaban todos los rincones del teatro y se metían en nuestros oídos, produciéndonos la sensación de un taladro, más o menos musical…

Cuando salimos del teatro, en un discreto salón de té, en los alrededores, tomando un delicioso helado de li-tchi, confesamos al matrimonio Lanfang nuestro aturdimiento e incomprensión.

-Es natural que así sea- nos dijo ella; sería necesario ser chino o haber vivido en China largos años. Esa reacción suya, frente a la más característica forma musical nuestra, la hemos sentido también mi marido y yo en un night club de Shanghai, el pasado año, al oír una música occidental del momento, muy nueva, que llamaban mambo. Sus alaridos y notas chillonas, más fuertes y discordantes aún que la del jazz-band, nos hacían sufrir.

Nosotros, oriundos de la tierra del caribe donde nació el mambo y vecinos de la zona norteamericana creadora del jazz, nos sentíamos en aquel momento profundamente identificados con la inteligente pareja de Hong Kong…”

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Para saber más: Rodolfo Arango, “Pasos por Oriente, Editorial Grijalbo, Mexico, 1955.

  

Cómo interpretar los hexagramas del I-Ching

enero 18, 2008

Para desentrañar los secretos del I-Ching, el método sinarúspico se vale de cuatro “claves” que, utilizadas sinérgicamente sobre el texto originario, logran penetrar su corteza hermética, dejando al descubierto, como una nuez, el fruto nutritivo de su enseñanza.

Pero antes de enumerar esas claves, conviene aclarar para el recién iniciado cuál es el verdadero “texto” del I-Ching, el auténtico material que, según la leyenda, habría sido escrito por el rey Wen en base a los “gua” místicos dibujados por Fu-Xi, y luego completado en las seis líneas por uno de sus hijos, el duque de Zhou. Ese texto, el “Zhou-yi” (o libro de las mutaciones de Zhou), considerado oracular por la tradición taoísta, y sapiencial por la tradición confuciana, es muy escueto, y se reduce a los breves párrafos que, en la traducción de Wilhem se reproducen bajo los acápites “dictamen” y “líneas”. A este texto, de una parquedad esquemática, Confucio y sus discípulos fueron agregando comentarios hasta constituír con todo ello uno de los llamados “libros canónicos”. De allí que algunos historiadores, particularmente escépticos, hayan sostenido que todo el Libro de las Mutaciones fue creación confuciana, negando su primigenio origen. Para ellos, Confucio habría recogido una colección informe de refranes y frases oraculares, y con ellos habría armado un prolongado discurso sólo entendible para sus seguidores. Personalmente no estoy de acuerdo con esa tesis, y me atengo a la visión tradicional de un texto transmitido por tradición escrita, al que la escuela confuciana agregó luego un fárrago de elucubraciones más o menos congruentes. Esto fue hecho unos  600 años más tarde de la probable redacción final del cuerpo original. O sea, que en realidad lo que hicieron fue tratar de encontrarle un sentido filosófico al antiguo texto conservado originalmente en tablillas de bambú, caparazones de tortuga, tejas, y otros objetos usados en la época para conservar los registros oraculares. Había pasado mucha agua bajo los puentes, y por supuesto que se nota.

De esta manera, el I-Ching, convertido en un clásico literario, se componía ahora del oráculo arcaico, con más los nuevos apéndices confucianos, los “chuan” o “shi-yi” (diez alas), a saber: el Tuan-chuan (explicaciones al texto más antiguo del rey Wen); el Da-xian-chuan (comentario al hexagrama como totalidad); el Xiao-xian-chuan (explicaciones al texto tardío de Zhou); el Wen-yan-chuan (comentarios a los hexagramas I y II solamente, que reciben por ello una especial atención y elucubración); y finalmente otras cinco “alas”, conocidas como Xi-ci-shang-chuan, Xi-ci-xia-chuan, Shuo-gua-chuan, Xiao-xiang-chuan, y Wen-yan-chuan.

Embrollado, ¿verdad?… Pero aún falta lo mejor.

Cada traductor reordenó los apéndices confucianos conforme las copias que consiguió (que no siempre eran coincidentes), las adaptó, recortó, superpuso, fusionó, y… agregó sus propios comentarios.

De modo que de un texto originario, hermético, de aproximadamente (versión más, versión menos) 4190 ideogramas (= palabras), han venido a resultar esas abultadas versiones que hoy tenemos en la biblioteca.

Ahora bien: ¿se justifica tanta hojarasca?  Sí, y no.  En cierta forma no, porque los comentarios considerados confucianos seguían una costumbre muy propia de la literatura china clásica: decir diez, veinte, cien veces lo mismo, cambiando simplemente la forma de decirlo. En este sentido, los escolares chinos eran grandes “refritadores”. Lo importante para ellos era la musicalidad cadenciosa de las palabras, y la armonía sugerente de los ideogramas, antes que lo que, en última instancia, se quería decir. Más o menos como en la fábula del letrado que compraba un asno… (si no la saben, ya se la contaré).  Los chinos han sido siempre maestros de la hipérbole y el pleonasmo.

Pero en cierta forma sí, porque tanto los comentarios atribuídos a Confucio, como los comentarios modernos ayudan a vencer la pesadez del texto arcaico puro, favoreciendo el vuelo de la imaginación. Mas volvemos siempre a lo mismo: los comentarios NO SON el I-Ching auténtico y primigenio. Son comentarios, y nada más; son “alas”, para dejar volar nuestra imaginación y nuestra creatividad.

En suma, que si queremos entender a dónde va a parar el oráculo, es necesario que lo desentrañemos de las escuetas frases que Wilhem designó “Dictamen” y “Líneas”, y que en las mejores ediciones aparecen realzadas en negrita, para diferenciarlas de lo que es luego un comentario. Para eso, en la técnica sinarúspica nos valemos de las cuatro claves del dibujo adjunto, más una quinta, que no es otra cosa que la integración coherente de lo aportado por todas las anteriores. (Ya sé lo que están pensando: pues sí, son cinco, porque el 5 es el número cabalístico entre los chinos, como el siete lo fue entre los asiriocaldeos, de los cuales pasó a los hebreos, y de éstos a la Iglesia romana).

La primera clave es una traducción precisa y coherente del texto chino originario. Es más que obvio que si no traducimos correctamente lo que el I-Ching auténtico dice, mal vamos a poder aplicarlo después a la realidad objetiva. De allí la importancia de valerse siempre de una versión confiable y de primera mano.

La segunda clave es la simbología, el análisis de los símbolos utilizados por la cultura china ancestral y que tienen lugar en el Libro de los Cambios o Mutaciones.

La tercera clave es el aporte de las modernas disciplinas psicológicas desarrolladas en Occidente, y muy en particular la psicología analítica de Carl Jung y su descubrimiento de los arquetipos psíquicos.

 La cuarta clave la constituyen las nociones de sociología de la China clásica, su mitología y su historia, en tanto se ven reflejadas o aludidas por el texto oracular.

La quinta clave, integradora de las anteriores, arriba a un resumen final del “tema” de cada hexagrama, y del vaticinio de cada una de las líneas.

En un posterior artículo veremos con mayor profundidad cada uno de los recursos utilizados con estas claves.

 

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Un bárbaro en China (entrevista con Henri Michaux)

enero 15, 2008

michaux.gifMe lo encontré una agradable tarde otoñal en un puesto de los bouquinistes de la Rive Gauche, ya casi al final de los quioscos, llegando a la convergencia del boulevard Saint Germain. Había oído decir que él había estropeado su salud con el uso de alucinógenos. Sin embargo, salvo por cierta mirada algo desorbitada, como de miope, y su nervioso fumar, nada parecía delatar ese pasado. Rostro de rasgos acusados, un tanto germánico (había nacido en Bélgica), sin duda irradiaba una fuerte personalidad dentro de un físico un poco frágil.

¿Le hablo, o no le hablo…? Mi eterna inseguridad me hacía oscilar entre la emoción del encuentro y el deseo de entablar conversación, y el temor a resultarle molesto, a ser desairado. Pero es curioso cómo el estar en tierras ajenas lo libera a uno de inhibiciones. Se hace con naturalidad lo que en casa propia se haría de un modo más elaborado: desde piropear a una mujer, hasta interpelar a un desconocido o protestar en público por un servicio mal prestado. Decidí intentar la conversación, así que lo saludé con el infaltable “bonjour, Monsieur”. (Esto era muy importante: dirigirse a un desconocido en París, y olvidar la ritual cortesía del saludo, habría sido una gaffe imperdonable). ¿Es Usted quizá Henri Michaux…?, arriesgué, sintiéndome un poco como Stanley encontrando a Livingstone en el corazón del África. Asintió, mirándome de hito en hito, intrigado sin duda por mi mal francés, y con esa expresión de evaluación distante que ponen los parisienses cuando son interpelados por un desconocido. Le dije que había leído sus obras. Mentira de cortesía, a la que respondió con un ¿Ah, sí…?, como adivinando mi exageración. Decidí llevar la conversación hacia el terreno más seguro del único libro suyo que había leído. ¿Usted estuvo en China, no…? Esas experiencias me interesan mucho, ¿sabe?…Es que soy muy aficionado a las chinerías, como decía el poeta Rubén Darío, y encontrar a alguien que haya estado en la China premaoísta, y que tenga la lucidez suya para relatarlo, no es frecuente…
- Bueno, si lo que le interesa es China, tenga en cuenta que la revolución comunista ha barrido costumbres, maneras de ser, de obrar, y de sentir establecidas por los siglos. No pocas de las observaciones mías que usted ha leído ya no son válidas. ¡Qué iba yo a presentir lo que se estaba gestando allí! Lo que parecía permanente, se ha dislocado. Yo estuve allí a principios de los años treinta…en el siglo pasado. Fíjese si pasó agua bajo estos puentes del Sena…La China que yo conocí era una nación postrada. Esa década fue la peor de la desintegración nacional. Era la época de los “señores de la guerra”: cualquier sargento de milicias, con el apoyo de bandidos y contrabandistas se constelaba el pecho de medallas de latón, se ponía unos entorchados, adoptaba una expresió feroz (indispensable en la iconografía militar china), y se convertía en dueño y señor de vidas y haciendas, en una suerte de territorio feudal. La gente vivía con miedo, con un miedo muy real. La vida humana (que nunca significó gran cosa en un país en perpetua inflación demográfica), valía menos que nada. Por eso, quizá, yo a los chinos los veía esquivos… Si pedía un informe en la calle, mi interlocutor salía disparado, como si pensase “Es más prudente no mezclarse en asuntos ajenos; se empieza por informes, y se acaba a golpes”. Además, era un país presa del más abyecto desorden: prácticamente no se podía salir de una ciudad de la China, porque a unos veinte minutos de viaje ya lo habían asaltado.
- No importa, Maestro, si precisamente lo que yo quiero es sentir el sabor renovado de aquellos recuerdos suyos, como cuando uno hojea las antiguas fotografías color sepia de los recortes de diario que juntaba el abuelo…¡Allons! ¡Cuénteme algo de aquello, aunque más no sea como una gentileza para quien no ha tenido la oportunidad de viajar tanto como Usted. Dígame, los chinos…, ¿cómo eran los chinos?
- ¿Usted se refiere al hombre de la calle, el chino corriente y moliente?
- Ni más ni menos.
- Bueno, pues modesto…más bien agazapado, acolchado, se diría flemático, con ojos de detective y pantuflas de fieltro, caminando en puntas de pies, las manos entre las mangas, jesuítico, con una inocencia cosida con hilo blanco, pero dispuesto a todo. Cara de gelatina, escurridizo como un ratón, con algo de borracho y de blando, con una especie de corteza entre el mundo y él…
- ¿No le dije?…¡Si hasta me parece estar viendo una de esas viejas fotografías tomadas en las calles del viejo Shanghai, con los chinos caminando a pasitos rápidos, como bamboleándose, inescrutables.
- Sí, el chino se agazapa lejos, detrás de sus ojos , en los que su ser no llega a proyectarse nunca en su totalidad…El chino tiene el alma cóncava.
- ¿Y físicamente, cómo los veía Ud. en su conjunto, como pueblo?
- Son un pueblo viejo, pero sano. Ningún tipo deformado o de retrasado mental. Hasta los mendigos, bastante raros, conservan ese aire espiritual y de buena sociedad tal como si fueran retoños de una vieja familia aristocrática, debilitada por enlaces consanguíneos…
- Y las mujeres? ¿Cómo eran las mujeres?
- Ah, las mujeres chinas tienen cuerpos admirables, con el trazo de una planta, y nunca el aire de ramera que la europea adquiere con facilidad. Cuando una mujer china se ha introducido en el lecho, se necesitan muchos días para desasirse… La china se ocupa de uno, siempre abrazada a uno, como la hierba que no sabe aislarse… Se ocupa de uno, como si estuviese haciendo una cura. ¡Es tan afectuosa! Se pone al servicio de uno, sin bajeza, con tacto e inteligencia. Es como una hormiga siempre en busca de trabajo, atendiéndonos, arreglando nuestras cosas, y haciéndolo tan bien que parece que lo que ella arregla ya no se puede desacomodar. Mire, hasta durmiendo de a dos, la china es admirable. Tiene una especie de sentido de la armonía que subsiste hasta en el sueño, y que la impulsa, con movimientos apropiados, a no apartarse nunca, a subordinarse siempre a lo que sería tan hermoso, a ser dos armoniosamente…
- Me pregunté para mis adentros si esta experiencia habría surgido de algún exótico romance, o más prosaicamente entre las linternas rojas de los barrios de placer. Pero hubiera sido muy descortés preguntarlo, así que cambié de tema.
¿Y la religión de los chinos? ¿Le parecieron creyentes?
- El chino no tiene, precisamente espíritu religioso. Es demasiado modesto. Además, es hombre práctico: si se ocupa de alguien del más allá, es de los demonios, sólo de los malos, y eso cuando hacen mal. Si no, ¿para qué? Fíjese que el mismo Confucio decía que no tenía interés en indagar los principios de cosas que escapan a la inteligencia humana, ni ejecutar acciones extraordinarias que pareciesen ajenas a la naturaleza del hombre.
- Me recuerda a Protágoras, cuando decía que “el hombre es la medida de todas las cosas”…
- Tal cual. Si usted va a un templo chino, verá que el chino está perfectamente cómodo. Fuma, habla, se ríe, y consulta a los adivinos que hacen rodar palitos en una caja; retira uno, y el adivino lee la suerte en un libro de oráculos impresos.
- ¿El I-Ching, tal vez?
- No, en realidad alguno de los muchos sistemas oraculares tradicionales, aptos para el consumo vulgar, más bien parecido a una lotería de vaticinios.
- Entonces, ¿cómo enfrenta el chino el inquietante misterio de la muerte?
- El chino no mira la Muerte como algo trágico. Un filósofo chino declara muy simplemente: “Un viejo que no sabe morir es un golfo”. Así lo entienden.
Cómo piensa Usted que fundamentan los chinos su moral, esa moral que las primeras misiones cristianas destacaban?
- Los primeros misioneros cristianos se esforzaban en pintar a sus potenciales prosélitos con color de rosa; no había otra manera de conseguir que se abriera la exigua bolsa de sus benefactores europeos primero, y norteamericanos después.
- Bueno, lo hicieron también los frailes con los indios americanos, para protegerlos de la codicia conquistadora.
- En lo que hace a los chinos, la verdad es que son un pueblo con moralidad de anémicos, que necesita, como los niños, de reglas de civismo y de buena conducta, de muchos rituales. El ritual chino es una institución singular, única. Para el que tiene que convivir con muchos otros, en un hormiguero humano como aquél, los ritos no pueden ser pasados por alto. Desde el último cooli hasta el primer mandarín, tratan de no perder la cara, su cara de palo, que a ellos les gusta, y en efecto, no teniendo principios, la cara es lo que vale. Porque, dicho sea de paso, los chinos son muy sensibles: una nada los hiere. Como los niños, tienen horror a las humillaciones. El miedo a sentirse humillados es lo que los hace ser tan corteses. Para no humillar a los demás. Se humillan antes, para no ser humillados. Sonríen. “Perder la cara”, quedar en situación de ridículo, es un temor enfermizo en ellos. ¡Jamás ser el hazmerreír!  Por eso mismo , los chinos saben ofenderse como nadie, y su literatura contiene, como puede esperarse de hombres corteses y susceptibles, las insolencias más crueles e infernales.
- Pero, sin embargo, tengo entendido que, antes de la llegada del europeo, la honestidad del chino, sobre todo en el comercio, era célebre en toda Asia…
- Sin duda. Pero, por honesto que sea, al chino no le choca la deshonestidad. ¿Es deshonesta la oruga que extrae una tajada de parénquima en una hoja de cerezo? El chino no es honesto ni deshonesto. Si las circunstancias están dadas para ser honesto, adoptará la honestidad como se adopta un idioma: lo hablará con absoluta fidelidad a las reglas establecidas, incluso más que un nativo, que se daría el lujo de corromperlo con su “slang”.
- Usted es un escritor, y un sensible artista: ¿qué es lo que más le impresionó en ese campo?
- Quizá sea su música, aunque hay que acostumbrarse a esos acordes que a nosotros nos parecen un poco barulleros. Pero eso es lo netamente chino, como su afición a celebrarlo todo con petardos y detonaciones. A pesar de ese barullo, la música china es la más pacífica del mundo; ni dormida ni lenta, pero sí pacífica, exenta del deseo de guerra, de mando, exenta hasta de sufrimientos, afectuosa. Es humana, bonachona, infantil y popular, y muy “familiera”.
Después, está su teatro. Sólo los chinos saben lo que es una representación teatral. Poseen una extraordinaria capacidad de simbolización  y, como los niños que arman un escenario con una tablita aquí, un baldecito allá, un palo de escoba acullá, ellos son capaces de armar con la imaginación un escenario nuevo cada tres minutos, que es lo que suele durar cada escena. Y sus asombrosas convenciones… Cada actor llega a escena con un traje y una cara pintada que dice en seguida lo que es. No hay trampa posible. Puede decir todo lo que quiera, que sabemos a qué atenernos. Tiene el carácter pintado en la cara. Rojo, es valiente; blanco con una raya negra atravesándole verticalmente el rostro, es traidor, y se sabe hasta qué punto; si no tiene más que un poco de blanco bajo la nariz, es un personaje cómico, etcétera. ¡Y la mímica! Es algo extraordinario. Cuando se ve servir, con el mayor cuidado, de un cántaro inexistente, agua inexistente sobre un lienzo inexistente, y frotarse el rostro y retorcer el lienzo inexistente , la existencia de esa agua invisible, y sin embargo evidente, se vuelve de algún modo alucinatoria; y si la actriz deja caer el cántaro (inexistente) y uno está en primera fila, se siente salpicado junto con ella.
Hay piezas de un movimiento continuo, incesante, donde se escalan muros inexistentes, para robar cofres inexistentes…
- Ahá… ¿Y de la literatura clásica que aún circulaba abundantemente por aquellos tiempos?
- Inconmensurablemente refinada. Los ayuda esa cosa tan peculiar que es el ideograma, que hace que cada palabra sea un paisaje, un conjunto de signos cuyos elementos, hasta en el poema más breve, promueven un sin fin de alusiones. Así la poesía china, casi telegráfica como es en su concisión gramatical, despierta un mundo de evocaciones. Son tantos sus sentidos implícitos, que se nos vuelve intraducible…
- Atardecía ya, y de pronto, al irse el sol, había ido cayendo ese frío precoz y brusco de los otoños en París. El librero se impacientaba, viendo que con mi charla le estaba distrayendo a su distinguido cliente, cerca de la hora de cierre. No quise abusar más de la atención que me había dispensado mi interlocutor, y consideré oportuno despedirme, agradeciéndole su cortesía.
- “Salúdeme asus compatriotas, allá en Buenos Aires”, me dijo con su formal sonrisa.
- Lo haré con todo gusto… (¡claro!, recordé de pronto…¡Si su libro fue traducido y editado por SUR, poco después de su viaje al Oriente, y él estuvo allá un buen tiempo!).
Vincenzo Caballero 
____________________________________________
(Para saber más sobre nuestro entrevistado y su libro de viajes

Ser y no-ser del I-Ching

enero 9, 2008

Entre las falsas ideas populares que se forjan sobre el I-Ching, -y que constituyen el sustrato tanto de ciertas críticas ignorantes como de algunas credulidades ingenuas-, se cuenta la de que el Libro de los Cambios sería una religión o culto, o un texto sagrado, o un oráculo mágico y puramente adivinatorio.

La primera creencia errónea tuvo lugar allá por la década de los ’60s., cuando una oleada de orientalismo mal digerido llevó a bandadas jóvenes por los polvorientos caminos del Asia en busca de esotéricas revelaciones negadas a una Europa todavía levantándose de sus ruinas de postguerra, o de una Norteamérica recostada demasiado autocomplacientemente en sus electrodomésticos, sus autazos de ocho cilindros, y su american way of life. Por entonces, el Libro se vio ocasionalmente mezclado con experiencias psicodélicas en las que el arquetipo del Gran Hombre venía a convertirse en una suerte de demiurgo que se desplazaba en las esferas celestiales y traía las voces del más allá. Consecuentemente, el I-Ching vino a considerarse como un texto sagrado, y los hermetismos de su lenguaje como una especie de lengua sagrada sólo accesible a los iniciados. Los menos crédulos de entre esos “iniciados” no vacilaron en calificarlo como un oráculo de infalibles dotes adivinatorias. Proliferaron las exégesis en una jerga hermética, capaces, como suele suceder en estos casos, de llegar a la incoherencia más delirante. Afortunadamente, poco a poco primó la cordura, y de la mano de las disciplinas históricas y sociales, la psicología profunda, y la parapsicología científica, las cosas fueron tomando su cauce. Hoy, pasado ese breve pero intenso período de confusión, nos encontramos en condiciones de definir qué es realmente el I-Ching.

Podemos afirmar que el I-Ching es un verdadero compendio de la filosofía pragmática de la antigua China; pero con la ventaja de que se actualiza dinámicamente, a través del juego parapsicológico con el consultante. De esta forma se convierte, a través de la consulta, en un “libro sapiencial”, capaz de generarnos la sensación de que ha captado nuestro problema, y ha pronunciado una reflexión coherente, o un consejo atinado.

También el Libro de los Cambios puede usarse como mancia predictiva, es decir, como un mecanismo que relaciona “sincrónicamente” un estado mental del consultante con aspectos ocultos o aún desarticulados de la realidad, para dar una resultante que apunta a la previsión de las consecuencias probables de la acción: una suerte de “programa” prospectivo. Ni más ni menos que el más afinado de los programas computables en futurología, pero con la profundidad y alcances de millones de años de inconsciente colectivo hechos materia en el protoplasma viviente. El I-Ching logra contactarnos con un plano suprapsíquico, que algunos podrán suponer coincidente con el “inconsciente colectivo“, y otros con un “supraconsciente”: en suma, una dimensión aún no explorada de la mente humana, que no por inmensurable deja de ser real. Simplemente ocurre que, hoy por hoy, no podemos medirla: sólo comprobarla indirectamente a través de fenómenos parapsicológicos ya incuestionables, como la precognición.

Y como el I-Ching tiene para todos los gustos, también resulta ser un extraordinario movilizador de la creatividad individual. Si recorremos las páginas de arte moderno, veremos que muchos artistas plásticos han encontrado motivo en sus hexagramas, como en una suerte de caleidoscopio psíquico.

Se cuenta que nuestro Jorge Luis Borges gustaba de hojear sus páginas, deteniéndose al azar en alguna de ellas, para encontrar lúdico placer en sus sugerencias. Amante como era de la utopía de  las bibliotecas universales, ¿cómo no iba a estimar esta suerte de Libro universal?…

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¡Actualicemos el nombre de los hexagramas!

enero 3, 2008

Para quien va en busca de un conocimiento que requiere una terminología extranjera, es un poco decepcionante comprobar que el instructor, maestro o enseñante carece de un mínimo dominio de la lengua original. Imagínense un profesor de Derecho Romano, que ignorase las reglas de la pronunciación restituída del latín; o el docente de literatura anglosajona que pronunciara “Shakespeare” como si de un apellido español se tratase; o el guru hinduísta que desconociera las más lementales reglas de la pronunciación sánscrita… ¿Ridículo, no? Pues lo mismo sucede con la denominación original de los “temas” de los hexagramas.

En la teoría sinarúspica llamamos “tema” al ideograma que da nombre al hexagrama. Este ideograma -a veces son dos- resume la cuestión o tema coyuntural al que se referirán, más o menos directa o circunloquialmente las seis líneas del hexagrama, individualmente y en su conjunto. Este tema es muy importante, porque nos permite verificar, ante una consulta, si se ha obtenido una respuesta congruente o no, y actuar o aconsejar en consecuencia.

Todas las versiones clásicas del I-Ching que hemos enumerado en una página anterior (a sola excepción del Xi Wen), fonetizan el ideograma valiéndose del sistema Wade-Giles. Pues bien: es hora de actualizarlo, y veamos por qué.

El idioma chino escrito es una lengua monosilábica, es decir, compuesta mayormente por “palabras” o unidades conceptuales de una sola sílaba. Con el correr de los siglos, se ha ido manifestando una progresiva tendencia a la aglutinación en dos sílabas para muchos términos, y excepcionalmente en tres. Pero la escritura china no refleja la pronunciación de la sílaba, sino el significado de la misma. Es decir,que cada “ideograma = sílaba” chino identifica el concepto de la cosa, sin adelantarnos mucho acerca de cómo se pronuncia ésta. De allí que incluso un chino nativo, frente a una palabra escrita que no conoce, deberá recurrir al diccionario no sólo para averiguar su significado, sino para saber cómo debe pronunciarla (para lo cual los buenos diccionarios chino-chino conllevan unos especiales signos fonéticos auxiliares). Inversamente, un chino que converse con otro chino, ante la duda fonética, le pedirá que le dibuje rápidamente con el índice sobre la palma de la otra mano el trazado del ideograma en cuestión, con lo que quedará zanjada su duda.

Cuando los primeros sinólogos se enfrentaron con la necesidad de transmitir la enseñanza de los ideogramas, tuvieron que idear una transcripción fonética. Pero héte aquí que cada uno, por razones de corte nacionalista, compuso una clave fonética sólo apta para ser pronunciada en su propia lengua europea. Así, los jesuítas italo-franceses que tomaron contacto con el Celeste Imperio en el siglo XVII compusieron la suya afrancesada. Posteriormente los ingleses, esos grandes aventureros de los mares, se volvieron predominantes en el comercio con el Extremo Oriente, lo que los puso en la necesidad de disponer de un sistema fonético más moderno, y con cierta objetividad que respondiese mejor a la morfología fonética china. Fue así que nació ese  engendro que se llamó ´”sistema Wade-Giles“, en honor de su creador, Thomas Wade (1818-1895) y de quien lo incorporó a los diccionarios standard,  Herbert Allen Giles (1912).

Si nos dejásemos llevar por patológicas interpretaciones paranoides y conspirativas, deberíamos afirmar que, en realidad lo que Wade y Giles se propusieron fue que nadie que no fuese inglés y estudiase en Cambridge aprendiese jamás el chino. Pero, ahora hablando en serio, en realidad lo que ocurrió fue que Wade se dejó atrapar en una típica trampa china. Trató de reproducir los 409 componentes fonéticos más reiterados de los ideogramas chinos, con lo cual, pretendiendo “chinificar” su sistema, perdió a la vez el misterio de la figura pictórica, y la sublime sencillez del alfabeto latino, reemplazándolos por una verdadera sopa de letras, absolutamente indigerible. Y así fue que el indudable mérito personal y académico de esos dos sinólogos disimuló la pésima didáctica del sistema, que fue adoptado con toda liviandad por sus primos hermanos, los norteamericanos. De ese modo el Wade-Giles campeó durante todo el siglo XX como “el” método fonético para la romanización del chino. Hasta que, a Dios gracias, apareció la ONU en el tema…y con ella el antipático Instituto de Ciencias de la ex-URSS.

A pocos años de formada la Organización de las Naciones Unidas, uno de los problemas palmariamente evidentes lo constituyó ese difícil lenguaje mandarín que no se sabía cómo pronunciar, o cómo graficar de manera compatible con los cánones occidentales (recordemos que aún no existía el actual desarrollo y difusión del ordenador para servir de ayuda). Fue entonces que, por la década de los 60′s, una comisión de gramáticos chinos, complementada por lingüistas soviéticos, se abocó a la tarea de “romanizar” el chino mandarín, o sea volcarlo en nuestro conocido abecedario latino. Pero sobre todo, su gran acierto fue incorporar lo que hoy es un paradigma lingüistico: “cada letra un sonido, y sólo un sonido para cada letra”. Fue así que surgió el “pin-yin“(o mejor dicho el “han yu pin yin” = “pronunciación de la lengua china o de la nacion Han”). Con él, finalmente se pudo dar al trasto con ese galimatías del Wade-Giles.

Sin embargo, las barreras políticas, quizá más que las resistencias académicas y la perezosa inercia ante el cambio, hicieron que aquella antigualla coexistiera hasta hoy con el excelente sistema Pinyin. Finalmente, la mismísima Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos unificó sus registros de temática china con el Pinyin, al igual que las entidades dedicadas a la confección y difusión de estándares internacionales.

De modo, entonces, que nada que no sea una pura y demasiado comodona costumbre explica que se sigan romanizando los ideogramas del I-Ching conforme el sistema silábico de Wade-Giles.

Los invito a que tomen su texto de cabecera (el que hayan elegido, según el listado que les sugerí), y munidos de un lápiz procedan a reformular la denominación china de cada hexagrama. Con ello sin duda darán un gran paso para mejor entenderse entre sí, y con los chinos. 

A continuación, y según el orden numérico habitual, figuran los hexagramas renominados:

1.- Qian

2.- Kun

3.- Zhun

4.- Meng

5.- Xu

6.- Song

7.- Shi

8.- Bi

9.- Xiao-xu

10.- Lü

11.- Tai

12.- Pi

13.- Tong-ren

14.- Da-you

15.- Qian

16.- Yu

17.- Sui

18.- Gu

19.- Lin

20.- Guan

21.- Shi-he

22.- Bi

23.- Bo

24.- Fu

25.- Wu-wang

26.- Da-xu

27.- Yi

28.- Da-guo

29.- Kan

30.- Li

31.- Xian

32.- Heng

33.- Dun

34.- Da-zhuang

35.- Jin

36.- Ming-yi

37.- Jia-ren

38.- Kui

39.- Jian

40.- Jie

41.- Sun

42.- Yi

43.- Guai

44.- Gou

45.- Cui

46.- Sheng

47.- Kun

48.- Jing

49.- Ge

50.- Ding

51.- Zhen

52.- Gen

53.- Jian

54.- Gui-mei

55.- Feng

56.- Lü

57.- Xun

58.- Dui

59.- Huan

60.- Jie

61.- Zhong-fu

62.- Xiao-guo

63.- Ji-ji

64.- Wei-ji

Sobre la pronunciación:

  • Las vocales suenan bastante puras como en castellano, salvo la e y la i, que según su ubicación se empañan haciéndose impuras; una sucesión de dos o tres vocales dentro de la misma sílaba se diptongan siempre, de modo que cada una mantiene su valor. Cuando una u lleva diéresis (ü), suena como la “u” francesa, es decir, con los labios proyectados hacia adelante, haciendo trompita.
  • La c se pronuncia siempre como una ”ts“, nunca como “ka”, ya que para esa función “dura” está la letra k. Así, el hexagrama 45 se pronuncia “tsui”
  • La g es siempre blanda, como en “gato”, cualquiera sea la vocal a la que preceda.
  • La h es sonora, como en inglés, pero algo más intensa, y sin llegar nunca a nuestra jota de raigambre arábiga.
  • La j suena siempre como la “ye” porteña en “canyengue”, (o la jota inglesa en “John”, o la francesa en “jouer”).
  • La q equivale a una “che” española; así, el hexagrama 1 y el 15 se pronuncian “chien” (aquí la “a” diptonga afrancesadamente como una “e”; qué se le va a hacer…el chino tiene sus bemoles…)
  • La r es una “ere” arrastrada, como la “erre” de nuestros paisanos del interior argentino, o algo enrulada como la de los tucumanos.
  •  La combinación sh suena como en “show”. Es una excepción al paradigma de una letra sóla para cada sonido.
  • La w suena siempre como una “u”, diptongando con otras vocales.
  • La x se pronuncia como la “equis” gallego-portuguesa, es decir, con el sonido “shh…” como para chistar.
  • La y suena siempre como “i”, con valor consonántico cuando se apoya en otra vocal.
  • La combinación zh se pronuncia como una “che” española, pero profunda, con la punta de la lengua flexionada hacia el paladar duro. Así, el hexagrama 61 se pronuncia “chong-fu”. Otra excepción al paradigma.

En fin: con estas nociones básicas, ustedes están en condiciones de pronunciar muy aceptablemente los nombres de cada hexagrama. Pero aún falta un componente importantísimo en el chino hablado, que son los “tonos”, de los cuales en el chino mandarín hay cuatro (más quizá un quinto intrascendente o atónico), y que en Pinyin se indican mediante cuatro acentos o signos diacríticos: rayita plana, acento agudo, acento circunflejo invertido, y acento grave, representando respectivamente al tono primero (llano y alto), tono segundo (ascendente), tono tercero (descendente-ascendente), y tono cuarto (grave descendente).

Pero eso será para otro artículo.

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I-Ching: ¿qué texto usar?

enero 2, 2008

La primera inquietud de quienes quieren iniciarse en el estudio del I-Ching es, naturalmente, qué texto usar. O, mejor dicho, qué versión utilizar. Esta es una cuestión primordial, por cuanto, aunque parezca una revelación de Perogrullo, el I-Ching es un libro perteneciente a la literatura china clásica, originalmente escrito en ideografía arcaica. Esto supone que primero debió ser compilado a través de generaciones por eruditos letrados, y vertido en caracteres clásicos, adquiriendo su forma más aceptada y confiable en la llamada “versión de Palacio” realizada bajo el reinado de Qing Xi (1662-1722 d.C) con la finalidad de dotar al Emperador de un texto lo más confiable posible para la consulta de los oráculos.

Es generalmente sobre esta versión y sus posteriores copias, que trabajaron los pioneros de la sinología, aquellos occidentales que emprendieron la ardua tarea de aprender desde la nada un idioma tan atípico como el chino, para el que no existían gramáticas al uso occidental, y , lo que era peor, para el cual las categorías gramaticales de las lenguas clásicas (latín y griego especialmente) no cuadraban.

De aquí la importancia de que quienes quieran acercarse con seriedad de estudiosos al texto del I-Ching, partan de la base más fidedigna posible, es decir, que lo hagan desde una buena traducción. Aquí nos encontramos con la primera dificultad: quienes mejor tradujeron el Libro de los Cambios lo hicieron en inglés, alemán, o francés. De modo que quienes pertenecemos al mundo de habla hispánica debemos leer las páginas del Libro a través de una doble degradación: primero del chino al alemán o inglés, por ejemplo, y luego de éste al castellano o español. Siempre, claro está, de que no estemos en condiciones de leer corrientemente el idioma del traductor, en cuyo caso habremos abreviado el camino, y obtenido una información de segunda mano, en lugar de tercera. Y, como dice el refrán italiano, “traduttore, traditore” (traductor, traidor), es inevitable que la subjetividad del traductor influya al momento de escoger el equivalente más preciso de un término; y si a esto le añadimos que ya el primer traductor debió lidiar con la habitual multivocidad del ideograma chino, podemos hacernos una idea de lo complejo que puede llegar a resultar el extraer toda la esencia filosófica del I-Ching, sin caer en la trampa de las traducciones simplistas o los “falsos conocidos”.

En consecuencia, es de la mayor importancia saber elegir una buena versión del I-Ching, que se ajuste al objetivo propuesto por el estudiante, el que podrá variar según sus motivaciones y preferencias. En efecto, habrá quienes se acercan al Libro de los Cambios con el propósito de encontrar en él respuesta a sus interrogantes e inspiración para la acción pragmática (sin duda los más); pero los habrá que se acercan en busca de un complemento a sus aficiones filosóficas, o los que buscan inspiración para su creatividad artística, o los que lo escudriñan en busca de aportes históricos, o los que se interesan en él desde un punto de vista puramente literario, por dar sólo algunos ejemplos. Para todos ellos es de capital importancia trabajar sobre la base de una versión sólida, basada en un conocimiento de primera mano del idioma chino clásico escrito. 

Aquí va entonces mi primera recomendación: si quieren trabajar en serio, provéanse de una versión directa del chino. A continuación les enumero los autores cuyas versiones resultan más confiables, más allá de las grandes divergencias que puedan encontrarse entre ellas, y cuya explicación daremos más adelante. Quienes cursen en Sinaruspica pueden utilizar el texto que prefieran de entre estos, ya que en las clases nos remitiremos al original chino, aclarando todas las dudas que surjan, y señalando el por qué de las diferencias y matices de cada traducción. Pero, insisto, debemos partir de una versión confiable desde el inicio. Por eso, les aconsejo que dejen de lado los numerosos “refritos” hechos con retazos parafraseados de diferentes autores originales, y lanzados al mercado editorial con un sentido puramente oportunista; aquí, una vez más, lo barato sale caro.

Las siguientes son las versiones que considero más confiables, de entre las que se encuentran volcadas a la lengua hispánica:

Richard Wilhem (1873-1930): “I-Ching, el Libro de las Mutaciones”, traducción al español por D.J.Vogelmann, Edit. Sudamericana, Buenos Aires, 1976. Idem, con traducción al español de Helena Jacoby de Hoffmann, Edit. Cuatro Vientos, Stgo. de Chile, 1976. Ambas son confiables, pero la primera es decididamente más completa y recomendable.

La versión de Wilhem es un clásico en el tema, y sin lugar a dudas la mejor traducción existente hasta el presente, y que quizá no tenga competidores por largo tiempo. Ello se debe a que este autor, que vivió más de veinte años en China, la mitad de ellos bajo el régimen imperial, y la otra mitad bajo el régimen postrevolucionario surgido en 1911, tuvo la inapreciable ayuda de uno de los últimos exponentes de la clase de los letrados confucianos, Lao Nai Xuan. Gracias a este aporte, Wilhem pudo encontrar para cada ideograma el sentido más verosímil de acuerdo a la tradición literaria china.

Wilhem cumplía funciones de pastor protestante, y habla muy en favor de su amplitud de criterio el que haya reconocido, a pesar de la previsible desaprobación de sus colegas, las curiosas propiedades parapsicológicas del Libro que había traducido. Por esta razón, además de su excelente versión literaria, y de haber contado con el espaldarazo académico de Carl Jung, el I-Ching de Wilhem es de primera elección para quien quiera iniciarse y explorar las posibilidades mánticas del Libro de las Mutaciones (o Libro de los Cambios).

James Legge (1815-1897): “I-Ching, el Libro de los Cambios”, Edit. Obelisco, Barcelona, 1997. A semejanza del anterior, este autor vivió una treintena de años en China, y en plena época imperial, en el corazón del siglo XIX. También él fue en carácter de misionero evangélico. Su traducción es tan confiable como la de Wilhem, y su prosa por momentos aún más fluida y precisa que la de aquél. La versión es literaria, un tanto equidistante, y los comentarios lúcidos, atinentes, y precisos. Sin embargo, presenta un inconveniente para quienes buscan aspectos esotéricos en el Libro: Legge era un misionero escocés hecho y derecho, y tomaba con burlona ironía esos posibles contenidos. Esto se aprecia en la versión inglesa original, ya que suele ser expurgado de las copias traducidas. De modo que su versión, por otra parte excelente y sin duda muy plagiada por sus sucesores, es particularmente recomendable para quienes encaran el estudio del I-Ching desde sus ángulos puramente culturales, filosóficos, y sociológicos.

Carmelo Elorduy: “Libro de los Cambios”, Editora Nacional, Madrid, 1983. Sacerdote jesuíta, Elorduy se desenvolvió como misionero y docente en la China republicana del siglo pasado, primeramente en la China continental, y luego en el refugio nacionalista de Taiwan. Su versión del I-Ching se caracteriza por un fuerte sesgo interpretativo personal, de una racionalidad un tanto desapegada. Habiendo practicado el chino oral y escrito “in situ”, su versión resulta académicamente muy estimable, significando un valorable esfuerzo por repensar la trascendencia del texto original. Nacido español, su versión tiene la ventaja de llegar primigenia al público hispanoparlante, pero, al igual que la de Legge, su enfoque es descriptivamente cultural, fríamente interpretativo. Recomendable, por tanto, para quienes buscan ese encuadre. 

John Blofeld (1913-1987): “I-Ching, el Libro de los Cambios”. trad. al español de Rafael Lassaletta, EDAF, Madrid, 1981. Este autor, de vida trashumante, volcado esencialmente a las filosofías y religiones orientales, estuvo algunos años en China, aprendió el mandarín, y cuenta entre sus trabajos más estimados esta versión del I-Ching. Convencido de las virtudes mánticas del libro, su traducción es muy asequible al neófito, y cuenta con una jugosa introducción. No obstante, se aparta con cierta frecuencia del sentido tomado por los autores más clásicos, sin aclarar, por lo general, sobre qué originales basa su discordancia. En consecuencia, es una obra recomendable, en segunda línea.

Rudolf Ritsema (1918-2006): “I-Ching”, traducción al español de Edith Zilli, Javier Vergara Editor, Madrid/Buenos Aires, 1995.  Holandés de nacimiento, fuertemente influído por la cultura germanoparlante de Suiza, país donde buscó refugio ante el avance totalitario nazi, quedó estrechamente vinculado a la Fundación Eranos, creada por Olga Froebe Kapteyn, y de la que fuera colaborador destacado Carl Jung. Ritsema, estudioso del chino, en colaboración con otros lingüistas más expertos, produjo una versión sumamente literal, pero ricamente explicada en sus aspectos idiomáticos. Esta versión,  muy cuidada graficamente y precedida por un interesante estudio teórico, adolece sin embargo de una literalidad tan rígida que llega a menudo a la ininteligibilidad, la cual se agrava por la múltiple traducción. Pero, por otro lado lleva anexas aclaraciones que lo convierten en una suerte de diccionario de términos usados en el I-Ching, por lo que resulta muy valioso para estudiantes avanzados. De cualquier modo, no resulta de fácil acceso, y requiere de detalladas explicaciones para su adecuado uso, por lo que en nuestros cursos lo reservamos preferentemente para el ciclo profundizado.

Xi Wen y Li Yan: “”Libro de los Cambios con ilustraciones”, Ediciones de Lenguas Extranjeras, Beijing, 1998. Se trata de una obra interesante, que rescata cierto valor originario del I-Ching, y que cuenta con las ingeniosas ilustraciones de Li Yan. Se limita a la traducción del texto primigenio del Libro, sin mezclarlo con comentarios posteriores, tanto confucianos como postconfucianos, lo cual no deja de ser una ventaja para el principiante. Como interés suplementario, al pie de cada ilustración figura el texto original chino, en caracteres manuscritos, y en capítulo aparte una serie de comentarios hallados en un ejemplar del I-Ching escrito en seda, que data de la dinastía Han del Oeste (206 aC-8 dC). Esta versión tiene la particularidad de atribuír a ciertos ideogramas su valor y significado más arcaicos, contraviniendo así la interpretación sancionada por la tradición erudita en la que abrevaron Legge, Wilhem, y sus continuadores. Esto puede ser de gran interés para el enfoque histórico del Libro, pero constituye un escollo para quienes buscan un contenido esotérico o filosófico del mismo. Comparar una versión tradicional del I-Ching con esta de Xi Wen y Li Yan puede confundir mucho al lector no iniciado, ya que no atinará a entender cómo un mismo texto puede llegar a tener traducciones tan disímiles e incongruentes. Además, hay que señalar que la versión al español deja bastante que desear, conteniendo errores groseros de sintaxis que deberían ser corregidos en otras ediciones. Por todo esto, y sin dejar de considerar esta obrita como interesante, la dejamos en una tercera línea de elección, y sólo como ilustrativa de las innumerables posibilidades exegéticas que ofrece el Libro de los Cambios.

sinaruspica@yahoo.es


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