I-Ching: ¿qué texto usar?

La primera inquietud de quienes quieren iniciarse en el estudio del I-Ching es, naturalmente, qué texto usar. O, mejor dicho, qué versión utilizar. Esta es una cuestión primordial, por cuanto, aunque parezca una revelación de Perogrullo, el I-Ching es un libro perteneciente a la literatura china clásica, originalmente escrito en ideografía arcaica. Esto supone que primero debió ser compilado a través de generaciones por eruditos letrados, y vertido en caracteres clásicos, adquiriendo su forma más aceptada y confiable en la llamada “versión de Palacio” realizada bajo el reinado de Qing Xi (1662-1722 d.C) con la finalidad de dotar al Emperador de un texto lo más confiable posible para la consulta de los oráculos.

Es generalmente sobre esta versión y sus posteriores copias, que trabajaron los pioneros de la sinología, aquellos occidentales que emprendieron la ardua tarea de aprender desde la nada un idioma tan atípico como el chino, para el que no existían gramáticas al uso occidental, y , lo que era peor, para el cual las categorías gramaticales de las lenguas clásicas (latín y griego especialmente) no cuadraban.

De aquí la importancia de que quienes quieran acercarse con seriedad de estudiosos al texto del I-Ching, partan de la base más fidedigna posible, es decir, que lo hagan desde una buena traducción. Aquí nos encontramos con la primera dificultad: quienes mejor tradujeron el Libro de los Cambios lo hicieron en inglés, alemán, o francés. De modo que quienes pertenecemos al mundo de habla hispánica debemos leer las páginas del Libro a través de una doble degradación: primero del chino al alemán o inglés, por ejemplo, y luego de éste al castellano o español. Siempre, claro está, de que no estemos en condiciones de leer corrientemente el idioma del traductor, en cuyo caso habremos abreviado el camino, y obtenido una información de segunda mano, en lugar de tercera. Y, como dice el refrán italiano, “traduttore, traditore” (traductor, traidor), es inevitable que la subjetividad del traductor influya al momento de escoger el equivalente más preciso de un término; y si a esto le añadimos que ya el primer traductor debió lidiar con la habitual multivocidad del ideograma chino, podemos hacernos una idea de lo complejo que puede llegar a resultar el extraer toda la esencia filosófica del I-Ching, sin caer en la trampa de las traducciones simplistas o los “falsos conocidos”.

En consecuencia, es de la mayor importancia saber elegir una buena versión del I-Ching, que se ajuste al objetivo propuesto por el estudiante, el que podrá variar según sus motivaciones y preferencias. En efecto, habrá quienes se acercan al Libro de los Cambios con el propósito de encontrar en él respuesta a sus interrogantes e inspiración para la acción pragmática (sin duda los más); pero los habrá que se acercan en busca de un complemento a sus aficiones filosóficas, o los que buscan inspiración para su creatividad artística, o los que lo escudriñan en busca de aportes históricos, o los que se interesan en él desde un punto de vista puramente literario, por dar sólo algunos ejemplos. Para todos ellos es de capital importancia trabajar sobre la base de una versión sólida, basada en un conocimiento de primera mano del idioma chino clásico escrito. 

Aquí va entonces mi primera recomendación: si quieren trabajar en serio, provéanse de una versión directa del chino. A continuación les enumero los autores cuyas versiones resultan más confiables, más allá de las grandes divergencias que puedan encontrarse entre ellas, y cuya explicación daremos más adelante. Quienes cursen en Sinaruspica pueden utilizar el texto que prefieran de entre estos, ya que en las clases nos remitiremos al original chino, aclarando todas las dudas que surjan, y señalando el por qué de las diferencias y matices de cada traducción. Pero, insisto, debemos partir de una versión confiable desde el inicio. Por eso, les aconsejo que dejen de lado los numerosos “refritos” hechos con retazos parafraseados de diferentes autores originales, y lanzados al mercado editorial con un sentido puramente oportunista; aquí, una vez más, lo barato sale caro.

Las siguientes son las versiones que considero más confiables, de entre las que se encuentran volcadas a la lengua hispánica:

Richard Wilhem (1873-1930): “I-Ching, el Libro de las Mutaciones”, traducción al español por D.J.Vogelmann, Edit. Sudamericana, Buenos Aires, 1976. Idem, con traducción al español de Helena Jacoby de Hoffmann, Edit. Cuatro Vientos, Stgo. de Chile, 1976. Ambas son confiables, pero la primera es decididamente más completa y recomendable.

La versión de Wilhem es un clásico en el tema, y sin lugar a dudas la mejor traducción existente hasta el presente, y que quizá no tenga competidores por largo tiempo. Ello se debe a que este autor, que vivió más de veinte años en China, la mitad de ellos bajo el régimen imperial, y la otra mitad bajo el régimen postrevolucionario surgido en 1911, tuvo la inapreciable ayuda de uno de los últimos exponentes de la clase de los letrados confucianos, Lao Nai Xuan. Gracias a este aporte, Wilhem pudo encontrar para cada ideograma el sentido más verosímil de acuerdo a la tradición literaria china.

Wilhem cumplía funciones de pastor protestante, y habla muy en favor de su amplitud de criterio el que haya reconocido, a pesar de la previsible desaprobación de sus colegas, las curiosas propiedades parapsicológicas del Libro que había traducido. Por esta razón, además de su excelente versión literaria, y de haber contado con el espaldarazo académico de Carl Jung, el I-Ching de Wilhem es de primera elección para quien quiera iniciarse y explorar las posibilidades mánticas del Libro de las Mutaciones (o Libro de los Cambios).

James Legge (1815-1897): “I-Ching, el Libro de los Cambios”, Edit. Obelisco, Barcelona, 1997. A semejanza del anterior, este autor vivió una treintena de años en China, y en plena época imperial, en el corazón del siglo XIX. También él fue en carácter de misionero evangélico. Su traducción es tan confiable como la de Wilhem, y su prosa por momentos aún más fluida y precisa que la de aquél. La versión es literaria, un tanto equidistante, y los comentarios lúcidos, atinentes, y precisos. Sin embargo, presenta un inconveniente para quienes buscan aspectos esotéricos en el Libro: Legge era un misionero escocés hecho y derecho, y tomaba con burlona ironía esos posibles contenidos. Esto se aprecia en la versión inglesa original, ya que suele ser expurgado de las copias traducidas. De modo que su versión, por otra parte excelente y sin duda muy plagiada por sus sucesores, es particularmente recomendable para quienes encaran el estudio del I-Ching desde sus ángulos puramente culturales, filosóficos, y sociológicos.

Carmelo Elorduy: “Libro de los Cambios”, Editora Nacional, Madrid, 1983. Sacerdote jesuíta, Elorduy se desenvolvió como misionero y docente en la China republicana del siglo pasado, primeramente en la China continental, y luego en el refugio nacionalista de Taiwan. Su versión del I-Ching se caracteriza por un fuerte sesgo interpretativo personal, de una racionalidad un tanto desapegada. Habiendo practicado el chino oral y escrito “in situ”, su versión resulta académicamente muy estimable, significando un valorable esfuerzo por repensar la trascendencia del texto original. Nacido español, su versión tiene la ventaja de llegar primigenia al público hispanoparlante, pero, al igual que la de Legge, su enfoque es descriptivamente cultural, fríamente interpretativo. Recomendable, por tanto, para quienes buscan ese encuadre. 

John Blofeld (1913-1987): “I-Ching, el Libro de los Cambios”. trad. al español de Rafael Lassaletta, EDAF, Madrid, 1981. Este autor, de vida trashumante, volcado esencialmente a las filosofías y religiones orientales, estuvo algunos años en China, aprendió el mandarín, y cuenta entre sus trabajos más estimados esta versión del I-Ching. Convencido de las virtudes mánticas del libro, su traducción es muy asequible al neófito, y cuenta con una jugosa introducción. No obstante, se aparta con cierta frecuencia del sentido tomado por los autores más clásicos, sin aclarar, por lo general, sobre qué originales basa su discordancia. En consecuencia, es una obra recomendable, en segunda línea.

Rudolf Ritsema (1918-2006): “I-Ching”, traducción al español de Edith Zilli, Javier Vergara Editor, Madrid/Buenos Aires, 1995.  Holandés de nacimiento, fuertemente influído por la cultura germanoparlante de Suiza, país donde buscó refugio ante el avance totalitario nazi, quedó estrechamente vinculado a la Fundación Eranos, creada por Olga Froebe Kapteyn, y de la que fuera colaborador destacado Carl Jung. Ritsema, estudioso del chino, en colaboración con otros lingüistas más expertos, produjo una versión sumamente literal, pero ricamente explicada en sus aspectos idiomáticos. Esta versión,  muy cuidada graficamente y precedida por un interesante estudio teórico, adolece sin embargo de una literalidad tan rígida que llega a menudo a la ininteligibilidad, la cual se agrava por la múltiple traducción. Pero, por otro lado lleva anexas aclaraciones que lo convierten en una suerte de diccionario de términos usados en el I-Ching, por lo que resulta muy valioso para estudiantes avanzados. De cualquier modo, no resulta de fácil acceso, y requiere de detalladas explicaciones para su adecuado uso, por lo que en nuestros cursos lo reservamos preferentemente para el ciclo profundizado.

Xi Wen y Li Yan: “”Libro de los Cambios con ilustraciones”, Ediciones de Lenguas Extranjeras, Beijing, 1998. Se trata de una obra interesante, que rescata cierto valor originario del I-Ching, y que cuenta con las ingeniosas ilustraciones de Li Yan. Se limita a la traducción del texto primigenio del Libro, sin mezclarlo con comentarios posteriores, tanto confucianos como postconfucianos, lo cual no deja de ser una ventaja para el principiante. Como interés suplementario, al pie de cada ilustración figura el texto original chino, en caracteres manuscritos, y en capítulo aparte una serie de comentarios hallados en un ejemplar del I-Ching escrito en seda, que data de la dinastía Han del Oeste (206 aC-8 dC). Esta versión tiene la particularidad de atribuír a ciertos ideogramas su valor y significado más arcaicos, contraviniendo así la interpretación sancionada por la tradición erudita en la que abrevaron Legge, Wilhem, y sus continuadores. Esto puede ser de gran interés para el enfoque histórico del Libro, pero constituye un escollo para quienes buscan un contenido esotérico o filosófico del mismo. Comparar una versión tradicional del I-Ching con esta de Xi Wen y Li Yan puede confundir mucho al lector no iniciado, ya que no atinará a entender cómo un mismo texto puede llegar a tener traducciones tan disímiles e incongruentes. Además, hay que señalar que la versión al español deja bastante que desear, conteniendo errores groseros de sintaxis que deberían ser corregidos en otras ediciones. Por todo esto, y sin dejar de considerar esta obrita como interesante, la dejamos en una tercera línea de elección, y sólo como ilustrativa de las innumerables posibilidades exegéticas que ofrece el Libro de los Cambios.

sinaruspica@yahoo.es

Deja un comentario

Please log in using one of these methods to post your comment:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.