En un país de mil trescientos millones de habitantes no es extraño que se den casos de tentativa de suicidio, a veces lamentablemente logrado. Por otra parte, en todas las casas se cuecen habas, y una de las temibles consecuencias de la depresión es la ideación suicida.
Esto viene a cuento de un post de Chinochano del pasado 14 de octubre, en el que el autor relata algunas de sus vivencias al respecto en China, y que resulta interesante leer.
Pero la cosa es que me trajo inmediatamente a la mente algunas lecturas de memorias escritas por viajeros en China durante el siglo XIX. Éstos relataban una forma de suicidio muy particular entre los chinos de aquel entonces, y que podríamos llamar “suicidio vengativo”. La cosa era así: algún chino atribuía a otro la causa de sus desgracias (quizá por deudas?), o bien experimentaba por éste un profundo deseo de vindicta. ¿Pues qué hacía?… ¡Se suicidaba frente a su puerta (la del odiado, por supuesto)! Lo hacía así, porque sabía que la presencia de su cadáver en los umbrales de la puerta de su enemigo desencadenaría la inevitable indagación por parte del magistrado del lugar, lo que le acarrearía enjuiciamiento, cárcel, torturas, y una terrible sangría de dinero destinado a comprar la venalidad de los funcionarios y salvar al menos el pellejo.
Terribles sombras de la vieja China…