Las enseñanzas que hoy conocemos como “autoayuda” (self-help) tienen su origen inmediato en los grandes cambios sociales y económicos que sucedieron desde mediados del siglo XIX, y que los libros de historia refieren como la segunda revolución industrial.
Como esa revolución pacífica e industriosa tuvo lugar inicialmente en Inglaterra, y luego fue seguida muy de cerca por los Estados Unidos, fue en esos países donde se desarrolló por primera vez de forma sistematizada la autoayuda. No fue producto de una época feliz y desahogada, sino precisamente de una difícil transición social, durante la cual se alternaron súbitas fortunas, y grandes bolsones de pobreza. Pero, conjuntamente con esos bruscos cambios y chocantes contrastes, de surgimiento de ideologías y luchas sociales, se abrieron grandes posibilidades para aquellos dotados de visión, espíritu de trabajo, y fuerte voluntad.
El siglo XIX vio surgir grandes fortunas de la nada: “from rags to reaches” (de la pobreza a las riquezas) dejó de ser un simple cuento de las Mil y una Noches para algunas personas. El comercio y la industria, liderados por el Commonwealth británico, y sobre todo el “American Way of Life” abrieron las puertas sociales, -antes celosamente guardadas por una élite de sangre- a numerosos autodidactas, muchos de ellos inmigrantes o descendientes de ellos. Un inmigrante escocés, Andrew Carnegie, y un descendiente de inmigrantes irlandeses, Henry Ford, encontraron en los Estados Unidos de Norteamérica una tierra de promisión, que los llevó de la pobreza a millonarios. Ellos fueron dos de los primeros en tratar de transmitir a sus compatriotas el nuevo evangelio de la autoayuda, sumándose en esta tarea a los académicos y autodidactas británicos.
Como la Inglaterra del siglo XIX seguía siendo un país de rígidas tradiciones monárquicas y aristocráticas, los disertantes británicos se concentraron en el mundo del comercio y la industria, que era el campo dentro del cual cualquier plebeyo podía encontrar un camino hacia la elevación social. En los EE.UU., por el contrario, la tradición de igualdad social , libertad, libre emprendimiento, responsabilidad personal fundada en una ética religiosa, y autonomía individual, llevaron a un desarrollo mucho más integral, práctico, y popular de las enseñanzas de la autoayuda.
Hoy esas enseñanzas tienen mucho de verdades de Perogrullo: pero hay que tener en cuenta que no siempre fue así, y que esas enseñanzas, fruto de la propia experiencia de los expositores, caían en un terreno virgen. Hoy, incluso, esas nociones sencillísimas vuelven a tener cientos de miles de recipiendarios , toda una generación que viene de padres que vivieron un “boom” de Estados omnipresentes y políticas de bienestar ilimitado (pero con ingresos públicos que algún día tocarían sus límites), ganancias relativamente fáciles, y que no supieron inculcarles conductas adecuadas para tiempos de crisis. De allí el interés de recordarlas en esta farmacopea para el intelecto.
Las enseñanzas de estos precursores, -naturalmente “aggiornadas”-, pueden sintetizarse así:
TRABAJE DURO: Haga del trabajo honesto e incesante la fuente de todos sus ingresos, y el pilar de su bienestar y el de su familia.
PERFECCIÓNESE: Trate de saber siempre más; estudie siempre que pueda. Recuerde que no sólo los universitarios estudian: simplemente a ellos se los ve hacerlo ostensiblemente (y a menudo demasiado presuntuosa y ruidosamente). Sea cual fuere su trabajo, siempre hay un ilimitado horizonte de conocimientos que pueden llevarlo más allá de su silla. Busque esos conocimientos, aprenda de los que saben más, de los expertos, de los mayores, de su capataz, de su patrón, de quienquiera que vea que sabe más que usted, y esté dispuesto a enseñarle. Lea todo lo que pueda perfeccionarlo en lo que usted hace: el campo de los conocimientos es inmenso y siempre en expansión. Y no olvide que hay un mundo de libros a su alcance en las bibliotecas públicas, si es que su presupuesto no le da ahora para comprarlos. Empiece con sentido práctico: lea acerca de lo suyo primero; luego, vaya ampliando su gama de conocimientos.
PERSEVERE: Trabaje en su perfeccionamiento y estudio sin prisa, pero sin pausa. No se deje llevar por la impaciencia: “Roma no se hizo en un día”, decían los filósofos de la antigüedad. Tenga siempre presente su objetivo, y encamine sus pasos tranquila y pausadamente sin perderlo nunca de vista. Trate de no encandilarse con fantasías de momento; si tiene dudas, medite mucho, pida consejo a quienes sabe inteligentes y sensatos, y con experiencia en el asunto.
AHORRE: Ahorre siempre, y con más razón en tiempos de crisis. Pero recuerde que, al igual que con las demás consignas, debe ahorrar con inteligencia. Ahorrar no significa ser mezquino ni limitarse a meter los billetes en el colchón. Investigue y consulte a quienes saben, para encontrar la mejor forma de hacer trabajar su dinero ahorrado: pero no se deje tentar por cantos de sirena, precisamente el crac de 1929 y el actual crash del 2008 vinieron cuando la codicia superó el sentido común.
Gaste lo menos posible, sin someterse ni usted ni a su familia a absurdas penurias. Le van a decir que es el momento de gastar y obtener pichinchas, y que en eso consiste la panacea de Keynes: no se lo crea. No compre tecnología que no necesite realmente: mañana será chatarra, y lo que es peor, la nueva estará más barata. Sin ir más lejos, acá en Buenos Aires los estudios jurídicos especializados en cobro de morosos están atiborrados de papeles de quienes han dejado de pagar las cuotas del colegio de sus hijos, o sus alquileres,…pero tienen el plasma de 50 pulgadas, un teléfono celular con cámara fotográfica, telémetro, rayo láser, GPS y yo qué sé qué más, y un auto último modelo cuya matrícula siempre pagan atrasada. Y sus bienes a nombre de otro, naturalmente. ¿Pertenece usted a esa clase? No, verdad? Entonces ahorre.
Ahorrar significa reducir gastos superfluos o suntuarios. En tiempos de crisis, no compre lo que no necesite, o lo que no pueda serle útil para incrementar sus ingresos (el gasto en materiales de su oficio o profesión es una inversión, y la inversión es una de las mejores formas de ahorro).
Antes de meterse en cuotas, piénselo varias veces: recuerde el dicho americano: “Si compras un cerdo a crédito, te gruñirá todo el año”. Es preferible obtener descuentos por el pago contado.
En tiempos de crisis, le dirán que John Maynard Keynes aconsejaba gastar. Bueno: pero lo que el talentoso economista decía era que el Estado debía gastar invirtiendo con inteligencia, no que deba hacerlo usted. Y por lo general lo que el Estado hace es gastar con propósitos políticos de corto plazo, que generan invariablemente inflación, aunque aseguran votos. Usted trate de protegerse de la inflación, ahorrando e invirtiendo con previsión e inteligencia. Cuando compre, hágalo con criterio de inversión; vea qué puede ser realmente útil a la sociedad, y qué producto o servicio puede requerir que usted pueda ofrecerle con los elementos que ha adquirido.
LECTURAS RECOMENDADAS: Muchas de las enseñanzas de estos precursores ya están tan arraigadas en la conciencia moderna, que la lectura de sus originales resulta un poco tediosa. Otras han sido parcialmente descartadas, no por dejar de ser ciertas, sino porque el mundo actual se ha vuelto mucho menos moral en el fondo (aunque mucho más “correcto” en lo políticamente declamatorio), y ponerlas en práctica a rajatabla podría hacernos incurrir en la indefensión. Los argentinos sabemos bastante de eso: “corralito”, verbigracia… Otras ya han caído en desuso, porque el progreso de la seguridad social las ha vuelto obsoletas: como la necesidad de ahorrar en seguros de pensión privados, habiendo regímenes de jubilación obligatorios, obras sociales, medicina prepaga, etc.
De cualquier manera, si le gusta incursionar en los clásicos de la autoayuda, todavía encontrará en las librerías de viejo algunos ejemplares editados en los años 1920´s de Orison Swett Marden. Le sugiero éste: “Economía y ahorro” (Antonio Roch, Barcelona, sin fecha de edición). También hay muchos de sus títulos aún dando vueltas, reeditados en Argentina por Editorial TOR, en la década de los 1950′s.