En la sección editorial del matutino “La Nación” de este 20 de mayo de 2008, leemos el siguiente artículo, titulado “Conjuro de niebla, humo y ceniza”:
“Desde el fin del estío, el país se ha visto asediado por inusitados fenómenos, algunos de origen natural y otros provocados por la acción humana, que originaron graves accidentes y malestar general. Como si se tratara de una súbita sucesión de plagas, primero fue la niebla, que cubrió las rutas en el comienzo del otoño; luego, el fuego de los pastizales, que se extendió en las islas del delta paranaense, oscureció el cielo, impidió la visión del tránsito en los caminos y afectó los ojos y la respiración de muchos y, finalmente, las cenizas volcánicas que despide el Chaitén en el sur cordillerano, con perjuicios muy serios para las poblaciones de la Argentina y de Chile.
Cada uno de estos asedios tuvo sus efectos destructivos que empezaron por los choques automovilísticos en cadena de los días de marzo, a causa de la mala visibilidad, sumados a la irresponsabilidad o a la demora en suspender el tránsito en caminos en que era desaconsejable circular. Por una razón u otra, el país se estremeció al tomar noticia del número de víctimas y personas afectadas. De cada uno de los fenómenos que nos abrumaron se aguardó que la naturaleza les pusiera fin, por medio de lluvias o cambios en la dirección del viento, porque sus dimensiones sobrepasaron la acción humana o porque las autoridades demoraron en reaccionar.
En esos sucesos, el público ha ido aceptando desgracias e inconvenientes como infortunios determinados por causas muy precisas. Por ejemplo, la niebla se suele explicar como un efecto provocado por las nubes bajas que tocan la tierra. Las nubes están compuestas de agua en suspensión. Este fenómeno es común durante el otoño en algunas regiones bajas.
Si se quisiera rastrear en los contenidos simbólicos que las antiguas culturas, a través de leyendas, mitologías e historias religiosas, fueron decantando a propósito de esos fenómenos, otra hubiera sido la significación acordada a los sucesos vividos y se habrían enriquecido las premoniciones elaboradas.
De ese modo, la niebla habría sido interpretada como lo indeterminado, lo incierto que precede a otra etapa de la vida, pero que -mientras dura- no permite ver lo que sigue, aunque esté próximo.
El humo, vinculado con el fuego y el aire en relación con la antigua teoría de los cuatro elementos, simbolizaría la fugacidad de las cosas y representaría, a la vez, la vanidad y la altanería, significado que se ha trasladado a una frase corriente: “se le subieron los humos”. También se emplea ese término para expresar un rapto de agresividad: “se le fue al humo”.
Las cenizas, por fin, simbolizan la disolución de los cuerpos y, religiosamente, han marcado el tiempo de la purificación, la penitencia, el ayuno y la preparación cuaresmal.
Niebla, humo y cenizas se han sucedido ante la captación inquieta de los argentinos. Si se dejan transitoriamente a un lado los conceptos que objetivamente describen en qué consisten dichos fenómenos, encontramos que subyacen otros significados.
De su conjunción brota algo así como la gran metáfora que nos han proporcionado los días vividos: un tiempo oscuro, indeterminado, en el que emerge la soberbia, todo lo cual anticiparía la necesidad de una penitencia depuradora.
Resulta tan interesante como atípico que desde la cátedra de este prestigioso diario se haga un enfoque esotérico de la realidad nacional que parece haber hecho crisis en estas últimas semanas con la inusitada eclosión del campo, que no he podido resistir la tentación de relacionarlo con el concepto cosmológico chino acerca de la “virtud” del Soberano, y el Tian-Ming o “Designio del Cielo”.
Según la creencia ancestral china, el Soberano actúa como un intermediario entre la realidad terrena y las esferas celestes. En una cultura carente de una clase sacerdotal poderosa y organizada, como era la de la antigua China, la figura del Soberano adquiría una especial trascendencia, no sólo política, sino también mística. Él era el vínculo entre su pueblo, y el mundo superior presidido por Shang-Di, el supremo Creador. Siguiendo una clásica visión de las civilizaciones primitivas del Oriente, el gobernante en esta tierra era, al microcosmos de aquí abajo como el Creador lo era al Macrocosmos del mundo superior. De tal forma, se pensaba que reforzando su virtud personal, el Soberano actuaba directamente sobre la marcha de las estaciones como sobre el orden de la sociedad. Consecuencia inevitable de esto era que el relajamiento en sus deberes acarreaba (en la misma visión mística de las cosas) fatalmente perturbaciones meteorológicas y sociales. Los arúspices chinos verificaban mediante una serie de conjuntos atmosféricos agrupados de a ocho, y según cuáles se hallasen alterados, dónde radicaban determinadas falencias del gobernante. Así analizaban la lluvia, el calor, el viento, el frío, los desbordes o inundaciones, los sismos, etc. Al respecto, decía un observador occidental del siglo XIX: “…De aquí provienen estas sanciones, que asombran tanto al europeo, contra un funcionario en cuya circunscripción ha llovido a contratiempo, se ha cebado una tormenta, o ha caído una invasión de langostas (…) Una dinastía conserva el Tian-Ming (mandato del Cielo) en tanto que, por su conformidad con la moral celeste mantiene el control sobre el doble universo. Toda perturbación en uno de los sectores es interpretado como un signo de desorden en los otros…”
Continúa diciendo nuestro erudito sinólogo que “… Sin duda este sistema basado en semejanzas que nosotros juzgamos puramente simbólicas, puede parecer esotérico. Es, sin embargo, de un profundo realismo, porque se adapta a un mundo regido por los imperativos climáticos, y asegura los derechos de insurrección contra la tiranía o el abandono. Él contribuye igualmente a una depuración del pensamiento religioso, poniendo el acento sobre la importancia de un responsable supremo, tanto celeste como terrestre. Al Rey, detentador de la Virtud ordenadora en la Tierra, le corresponde el Soberano del Cielo, Shang-Di, ordenador supremo…”
Por supuesto que nosotros, hombres racionalistas del siglo XXI, podemos hacer una lectura mucho más sociológica de esas creencias ancestrales chinas. Por ejemplo, que las catástrofes naturales ponen de manifiesto las incurias y faltas de previsión de las administraciones. De allí que lo primero que hace un gobernante inteligente ante una catástrofe, es hacer acto de presencia, aún a riesgo físico personal, en el lugar del desastre, para agilizar y asegurarse de la más eficiente ayuda, y tratar de paliar los descuidos cometidos por su administración, en el caso de que los hubiera, supliéndolos con un rápido auxilio y con el contexto un tanto mágico de la proximidad física con los sufrientes.
Volviendo a las creencias chinas ancestrales, y en ese orden de pensamiento, también el Libro de los Cambios simboliza este rol mágico del gobernante como nexo entre lo alto y lo bajo. Dice el I-Ching que “…El Soberano separa y perfecciona el curso del cielo y de la tierra, impulsa y ordena los dones del cielo y de la tierra apoyando la causa del pueblo…” (XI, trad. Wilhem)
Y entre las funciones cuasisacerdotales que atribuye al gobernante, tiene especial lugar la celebración del rito de unión frente al peligro de disgregación (XLV, LIX), rito que se cumple en el Templo de los Ancestros. A buen entendedor…






