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Ser y no-ser del I-Ching

enero 9, 2008

Entre las falsas ideas populares que se forjan sobre el I-Ching, -y que constituyen el sustrato tanto de ciertas críticas ignorantes como de algunas credulidades ingenuas-, se cuenta la de que el Libro de los Cambios sería una religión o culto, o un texto sagrado, o un oráculo mágico y puramente adivinatorio.

La primera creencia errónea tuvo lugar allá por la década de los ’60s., cuando una oleada de orientalismo mal digerido llevó a bandadas jóvenes por los polvorientos caminos del Asia en busca de esotéricas revelaciones negadas a una Europa todavía levantándose de sus ruinas de postguerra, o de una Norteamérica recostada demasiado autocomplacientemente en sus electrodomésticos, sus autazos de ocho cilindros, y su american way of life. Por entonces, el Libro se vio ocasionalmente mezclado con experiencias psicodélicas en las que el arquetipo del Gran Hombre venía a convertirse en una suerte de demiurgo que se desplazaba en las esferas celestiales y traía las voces del más allá. Consecuentemente, el I-Ching vino a considerarse como un texto sagrado, y los hermetismos de su lenguaje como una especie de lengua sagrada sólo accesible a los iniciados. Los menos crédulos de entre esos “iniciados” no vacilaron en calificarlo como un oráculo de infalibles dotes adivinatorias. Proliferaron las exégesis en una jerga hermética, capaces, como suele suceder en estos casos, de llegar a la incoherencia más delirante. Afortunadamente, poco a poco primó la cordura, y de la mano de las disciplinas históricas y sociales, la psicología profunda, y la parapsicología científica, las cosas fueron tomando su cauce. Hoy, pasado ese breve pero intenso período de confusión, nos encontramos en condiciones de definir qué es realmente el I-Ching.

Podemos afirmar que el I-Ching es un verdadero compendio de la filosofía pragmática de la antigua China; pero con la ventaja de que se actualiza dinámicamente, a través del juego parapsicológico con el consultante. De esta forma se convierte, a través de la consulta, en un “libro sapiencial”, capaz de generarnos la sensación de que ha captado nuestro problema, y ha pronunciado una reflexión coherente, o un consejo atinado.

También el Libro de los Cambios puede usarse como mancia predictiva, es decir, como un mecanismo que relaciona “sincrónicamente” un estado mental del consultante con aspectos ocultos o aún desarticulados de la realidad, para dar una resultante que apunta a la previsión de las consecuencias probables de la acción: una suerte de “programa” prospectivo. Ni más ni menos que el más afinado de los programas computables en futurología, pero con la profundidad y alcances de millones de años de inconsciente colectivo hechos materia en el protoplasma viviente. El I-Ching logra contactarnos con un plano suprapsíquico, que algunos podrán suponer coincidente con el “inconsciente colectivo“, y otros con un “supraconsciente”: en suma, una dimensión aún no explorada de la mente humana, que no por inmensurable deja de ser real. Simplemente ocurre que, hoy por hoy, no podemos medirla: sólo comprobarla indirectamente a través de fenómenos parapsicológicos ya incuestionables, como la precognición.

Y como el I-Ching tiene para todos los gustos, también resulta ser un extraordinario movilizador de la creatividad individual. Si recorremos las páginas de arte moderno, veremos que muchos artistas plásticos han encontrado motivo en sus hexagramas, como en una suerte de caleidoscopio psíquico.

Se cuenta que nuestro Jorge Luis Borges gustaba de hojear sus páginas, deteniéndose al azar en alguna de ellas, para encontrar lúdico placer en sus sugerencias. Amante como era de la utopía de  las bibliotecas universales, ¿cómo no iba a estimar esta suerte de Libro universal?…

mail to: sinaruspica@yahoo.es


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