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Hexagrama originario y derivado. Otros hexagramas. Líneas móviles.

octubre 27, 2008

Las líneas del hexagrama son, como ya hemos visto,enteras o “yang”, o quebradas o “yin”. Tanto unas como las otras, según cómo surjan en la tirada (por usar el término más vulgar acuñado en las mancias) pueden resultar simples, o “móviles”.  ¿Qué significa esto? Veamos:

Una línea simple se obtiene cuando en la tirada surgen valores sumatorios comunes.

Una línea móvil se obtiene cuando en la tirada surgen valores probabilísticamente menos frecuentes.

Esto es válido cualquiera sea el método utilizado para obtenerla: monedas, dados, varillas, o cualquiera otro menos ortodoxo.

Las líneas móviles también son denominadas “yang viejo” y “yin viejo” respectivamente, y tienen la cualidad de generar una nueva línea, exactamente inversa, en otro hexagrama derivado. Ello se debe a que por ser “viejas” se supone que han experimentado un desarrollo progresivo que, en la dialéctica del eterno cambio o mutación las impulsa a invertir su polaridad en un signo contrario.

Así que si surgen una o más líneas móviles en la generación de un hexagrama originario, éste se verá matizado por otro “complementario” o “derivado” que deberá ser tenido en cuenta conjuntamente en la interpretación del resultado.

Veámoslo en la práctica. Supongamos que, hecha la tirada, nos resulta el siguiente hexagrama:

——–   ——     VI

——–0——–   V

——–   ——–   IV

——————  III

——– x ——–   II

——————-  I

Los símbolos  —-0—- ,  y  —-  x  —-  son usados convencionalmente por todos los autores, siguiendo a Wilhem, para indicar respectivamente las líneas “yang viejo” y “yin viejo”, o móviles. Su presencia en el hexagrama original, dará lugar a la formación del siguiente hexagrama derivado:

——–    ——–   VI

——–    ——–    V

——–    ——–   IV

———————-   III

———————-    II

———————-     I

Como vemos, la línea II ha mutado de quebrada (yin) a entera (yang), y la línea V ha pasado de entera (yang) a quebrada (yin). El resto de las líneas ha permanecido igual. Como resultado, tenemos ahora dos hexagramas, cuyo contenido debemos armonizar y conjugar en una lectura única y coherente. En nuestro ejemplo, nos encontramos con el hexagrama 63 (Ji-Ji, “Después de la consumación) como originario, teniendo como líneas móviles la (II) y la (V), y generando el número 11 (Tai, “La Paz) como derivado.

Debido a que el hexagrama derivado carece de líneas móviles, en la interpretación sólo se utiliza el “dictamen” correspondiente al hexagrama en su conjunto.

Wilhem, a quien debemos seguir forzosamente por ser nuestro vínculo principal con la tradición sobre el Libro de los Cambios, añade un tercer hexagrama, llamado “nuclear”, y derivado también del originario, aunque de un modo más artificial. En las clases personales ampliaremos esta cuestión, de mayor trascendencia filosófica que mántica.

Posteriores autores, en la búsqueda incesante de innovaciones que enriquezcan el empleo tanto filosófico como mántico del I-Ching, han explorado las posibilidades que surgen de “jugar” con aspectos especulares, simétricos, e inversos de las líneas. En este proceder han recurrido a práctica más propias de otros sistemas mánticos, como la Geomancia, que del I-Ching tradicional. Seguramente que en un plano de meditación, y para ampliar las dimensiones de la lectura, y una vez bien formados en el manejo tradicional, todo vale. Sin embargo, como estos apuntes están dirigidos a una introducción lo más congruente y convencional posible, no me explayaré aquí en ellos.

Ahora bien: ¿qué pasa si al realizar la tirada resulta un hexagrama sin líneas móviles?… En este caso hablamos de un hexagrama “cerrado” o “acerrojado“. Esto se interpreta de dos maneras: que es necesario meditar serena y largamente sobre su tema, en un plano filosófico, y que es preferible por tanto abstenerse por el momento de actuar, a la espera de una definición de las circunstancias, por el otro.

El hexagrama

mayo 5, 2008

Los hexagramas surgen de la aposición de dos trigramas. Obviamente, y como su nombre lo indica, quedan formados por seis (6) líneas sucesivas que se cuentan siempre de abajo para arriba. De esta forma, tenemos la siguiente estructura, en la que las líneas vienen indicadas por números romanos:

______   ______   VI

______________   V

______   ______   IV

______________   III

______   ______   II

______________   I

Hemos visto que según la leyenda, fue el rey Wen Wang quien, tomando los primigenios ba-gua atribuídos al mítico semidios Fu-Xi, compuso las 64 combinaciones posibles que nosotros conocemos como Hexagramas. A cada una la acompañó de un ideograma que resume y contiene la esencia de la enseñanza encerrada en la figura, y a la que en Sinaruspica llamamos “tema“. Ese tema viene determinado por el significado simbólico de cada uno de los trigramas, en la mayor parte de los casos. Así, por ejemplo, una figura ígnea (Fuego, Li) sobre el Cielo (qian), representa una “gran posesión” (hexag. nº 14); o esa misma figura ígnea y luminosa Li, colocada bajo la Tierra (Kun) significa el eclipse, o “el ocultamiento de la luz” (hexag. nº 36).  La Madera-Sun (para el caso, un cubo de madera), descendiendo a las profundidades (Kan), representa un pozo (hexag. nº 48). Dos montañas (Gen) superpuestas, dan la idea de “aquietamiento” (nº 52). Y así siguiendo.

Pero no siempre es así. En cierto número de casos el contenido simbólico surge de la totalidad de la figura hexagramática. Tal, por ejemplo, el caso de los Nºs. 7 (ejército), 8 (solidaridad), 9 (pequeña acumulación), 20 (contemplación), 21 (mordedura tajante), 23 (desintegración), 24 (retorno), 27 (nutrición), 28 (exceso), 33 (retirada), 41 (disminución), 42 (aumento), 43 (resolución), 44 (acoplamiento), 45 (juntarse), 50 (caldero), 61 (equilibrio interior), 64 (antes de la consumación).

Al desarrollar la introducción a cada uno de los hexagramas, iremos viendo cómo se aplican estas interpretaciones simbólicas al tema individual.

Correspondencias:

 La tradición y las elucubraciones de los estudiosos modernos del I-Ching han adjudicado a las líneas y sus posiciones ciertas correspondencias, cuyo conocimiento puede resultar útil al momento de interpretar los resultados concretos de una consulta. Veámoslos:

En la familia

 ______   ______   anciano (s)

______________   padre / esposo

______   ______   hijo primogénito

______________   demás hijos

______   ______   madre / esposa/ ama de casa

______________   servidumbre, criados / hijos pequeños

 

En el cuerpo

______   ______   calota
______________   cara
______   ______   tronco
______________   muslos / cadera / cintura
______   ______   pantorrillas
______________   pies

 

En la sociedad

______   ______   sabio /filósofo
______________   monarca / jefe
______   ______   ministro / administrador
______________   comerciante / intermediario
______   ______    capataz / hombre de armas, soldado
______________   campesino / peón

Líneas correctas e incorrectas

En el microcosmos del hexagrama, las líneas enteras (yang) encuentran su ubicación “correcta” o ideal en posiciones I, III, y V. Las líneas quebradas (yin) se ubican más correctamente en las posiciones II, IV, Y VI.

Por otra parte, las posiciones I y IV, II y V, y III con VI forman duplas significativas, que adquieren potencia ideal cuando están ocupadas por líneas correctas (para esa posición), y defectiva cuando no lo están.

Asimismo se distinguen en cada hexagrama dos posiciones llamadas respectivamente “gobernante” y “regente“. De la armoniosa ocupación por líneas adecuadas, y de su interacción en la composición del hexagrama, surgirá una mejor o peor sinergia de fuerzas.

Todas estas consideraciones tendrán su aplicación al momento de traducir filosóficamente las enseñanzas herméticas del I-Ching, o de intentar su aplicación a una “lectura” dada.

 

(Próximo apunte: líneas quietas y líneas móviles; hexagrama originario y derivado: hexagrama nuclear; otros hexagramas posibles)

Los ideogramas: el alma del hexagrama

enero 30, 2008

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Quienes visitan este blog desde los motores de búsqueda, lo hacen con frecuencia a través de la palabra clave “ideograma”. Y hacen bien, porque los ideogramas chinos son el alma del hexagrama. En efecto, la lengua china escrita constituye una extraordinaria y única excepción de escritura simbólica, por contraposición a las habituales formas literales o silábicas. La escritura china es la única del mundo que dibuja un complejo de signos que en su totalidad significan una palabra o concepto, de tal modo que, salvo contadas excepciones, cada término del diccionario es representado por un “ideograma” que le es propio y único. De modo que una persona medianamente culta en China tiene que memorizar ¡cerca de 6000 ideogramas diferentes! Esto ha implicado un fantástico esfuerzo intelectual, que señala al pueblo chino como uno de los más admirables conjuntos étnicos de la humanidad. Bien es verdad que esta notable tarea se les ha facilitado por el carácter monosilábico de la lengua china; pero ello no disminuye el mérito de la hazaña colectiva llevada a cabo desde los tiempos más remotos por sus eruditos o letrados.

Veamos, para aclarar la idea: la totalidad de las formas escritas de las lenguas humanas (cuando las tienen, por supuesto) siguen un sistema basado en la representación de los sonidos de cada idioma configurando lo que nosotros, descendientes grecolatinos, llamamos “alfabeto”. Algunos alfabetos se basan en sonidos aislados, como el latino, el griego, y todos sus descendientes. Otros hay que sólo atienden a las consonantes y las vocales largas, descuidando las vocales breves que son omitidas, o bien representadas, cuando no hay más remedio, por pequeños signos diacríticos colocados por encima o por debajo de las “letras”: tales las lenguas semíticas, árabe y hebreo entre las principales. Otras lenguas, sobre todo extremo-orientales, tienen un alfabeto silábico: en lugar de representar sonidos aislados y elementales, representan sílabas: ma-me-mi-mo-mu; ta-te-ti-to-tu, etc., con algunos agregados vocales para formar los diptongos o terminaciones consonánticas de las sílabas. Variedades de esta forma las encontramos en la escritura hira-gana y kata-kana japonesa, y el han-gul coreano; las primeras se asocian con ideogramas chinos llamados kanji, y la última traza sílabas perfectamente integradas en un cuadradito muy estético. También el sánscrito, y sus descendientes los “prácritos” hindúes a su manera caen en este grupo. Pero una sóla lengua escrita, -o mejor dicho, conjunto de lenguas-, el chino, ha sido tan original y capaz de crear un sistema “ideográfico” completo en sí mismo. Y, a qué negarlo, increíblemente rebuscado.

Ese carácter ideográfico hace que cada palabra escrita en chino contenga un complejo de ingredientes y connotaciones que llevan indefectiblemente a formar asociaciones, conscientes unas, e inconscientes otras. Por eso, cuando explico esto a profesionales “psi”, me gusta afirmar que la lengua china escrita es una lengua psicoanalítica “avant la lettre”. Y me complazco en mostrarles cómo, con los hexagramas del I-Ching, es posible arribar, mediante análisis gramatical, a conclusiones que resultan similares a las que se obtendrían mediante la técnica psicoanalítica de las asociaciones.

Pero volviendo al tema de los ideogramas, debemos saber que la gran mayoría de ellos se compone de dos partes: 1) la raíz o clave, y 2) el componente variable o fonético, así llamado porque se repite con cierta frecuencia en sílabas de igual pronunciación, aunque no necesariamente de igual tono.

Las raíces o claves son en número de 214 en el chino clásico, y permiten la localización del ideograma en los diccionarios. Se supone que en un significativo número de casos la raíz da una somera idea de lo que trata el ideograma: así, por ejemplo, la raíz “madera” o “árbol” estará presente en el trazado de numerosos ideogramas referentes a objetos hechos de madera, bosques, plantaciones, etc, y la raíz “agua” intervendrá en la representación de cosas líquidas o que impliquen componentes líquidos, animales que vivan en el agua, acciones que tengan lugar en el agua, etc.

El componente fonético, a su vez, está integrado por uno o varios elementos gráficos, y éstos, en última instancia, por “trazos”, que originariamente eran golpes de pincel. Contabilizando los trazos, obtenemos un número que nos permite encontrar secuencialmente el ideograma en el diccionario, bajo la sección correspondiente a la raíz. Así, dada la raíz “agua” (Nº85 de la lista de las 214), el ideograma cuyo componente fonético tenga 3 trazos se encontrará después de los que tengan 2 trazos, y así sucesivamente. Buscar una palabra en un diccionario chino clásico resulta un poco más complicado que hacerlo en uno de lenguas occidentales, sin duda.

Arriba, y como ejemplo, vemos algunos ideogramas, que constituyen el tema de los hexagramas 2 (kun), 6 (song), 11 (tai), 18 (gu), 32 (heng), 38 (kui), 39 (jian), y 60 (jie). Los he seleccionado porque resultan bien evidentes los componentes básicos, y porque demuestran que, si bien la regla general es que la raíz se encuentre a la izquierda o arriba del conjunto, hay veces que se encuentra abajo o incluso a la derecha. He trazado las raíces en color rojo, y el resto del ideograma en azul.

Lo que importa retener, de todo esto, es que cada ideograma tiene una traducción de diccionario; pero además encierra en su interior un complejo de componentes semánticos que pueden dar lugar, según los casos, a diferentes planos de sublectura. La teoría sinarúspica atribuye importancia a esos diferentes planos de lectura y los utiliza como una herramienta más de su traducción e interpretación.

Cómo interpretar los hexagramas del I-Ching

enero 18, 2008

Para desentrañar los secretos del I-Ching, el método sinarúspico se vale de cuatro “claves” que, utilizadas sinérgicamente sobre el texto originario, logran penetrar su corteza hermética, dejando al descubierto, como una nuez, el fruto nutritivo de su enseñanza.

Pero antes de enumerar esas claves, conviene aclarar para el recién iniciado cuál es el verdadero “texto” del I-Ching, el auténtico material que, según la leyenda, habría sido escrito por el rey Wen en base a los “gua” místicos dibujados por Fu-Xi, y luego completado en las seis líneas por uno de sus hijos, el duque de Zhou. Ese texto, el “Zhou-yi” (o libro de las mutaciones de Zhou), considerado oracular por la tradición taoísta, y sapiencial por la tradición confuciana, es muy escueto, y se reduce a los breves párrafos que, en la traducción de Wilhem se reproducen bajo los acápites “dictamen” y “líneas”. A este texto, de una parquedad esquemática, Confucio y sus discípulos fueron agregando comentarios hasta constituír con todo ello uno de los llamados “libros canónicos”. De allí que algunos historiadores, particularmente escépticos, hayan sostenido que todo el Libro de las Mutaciones fue creación confuciana, negando su primigenio origen. Para ellos, Confucio habría recogido una colección informe de refranes y frases oraculares, y con ellos habría armado un prolongado discurso sólo entendible para sus seguidores. Personalmente no estoy de acuerdo con esa tesis, y me atengo a la visión tradicional de un texto transmitido por tradición escrita, al que la escuela confuciana agregó luego un fárrago de elucubraciones más o menos congruentes. Esto fue hecho unos  600 años más tarde de la probable redacción final del cuerpo original. O sea, que en realidad lo que hicieron fue tratar de encontrarle un sentido filosófico al antiguo texto conservado originalmente en tablillas de bambú, caparazones de tortuga, tejas, y otros objetos usados en la época para conservar los registros oraculares. Había pasado mucha agua bajo los puentes, y por supuesto que se nota.

De esta manera, el I-Ching, convertido en un clásico literario, se componía ahora del oráculo arcaico, con más los nuevos apéndices confucianos, los “chuan” o “shi-yi” (diez alas), a saber: el Tuan-chuan (explicaciones al texto más antiguo del rey Wen); el Da-xian-chuan (comentario al hexagrama como totalidad); el Xiao-xian-chuan (explicaciones al texto tardío de Zhou); el Wen-yan-chuan (comentarios a los hexagramas I y II solamente, que reciben por ello una especial atención y elucubración); y finalmente otras cinco “alas”, conocidas como Xi-ci-shang-chuan, Xi-ci-xia-chuan, Shuo-gua-chuan, Xiao-xiang-chuan, y Wen-yan-chuan.

Embrollado, ¿verdad?… Pero aún falta lo mejor.

Cada traductor reordenó los apéndices confucianos conforme las copias que consiguió (que no siempre eran coincidentes), las adaptó, recortó, superpuso, fusionó, y… agregó sus propios comentarios.

De modo que de un texto originario, hermético, de aproximadamente (versión más, versión menos) 4190 ideogramas (= palabras), han venido a resultar esas abultadas versiones que hoy tenemos en la biblioteca.

Ahora bien: ¿se justifica tanta hojarasca?  Sí, y no.  En cierta forma no, porque los comentarios considerados confucianos seguían una costumbre muy propia de la literatura china clásica: decir diez, veinte, cien veces lo mismo, cambiando simplemente la forma de decirlo. En este sentido, los escolares chinos eran grandes “refritadores”. Lo importante para ellos era la musicalidad cadenciosa de las palabras, y la armonía sugerente de los ideogramas, antes que lo que, en última instancia, se quería decir. Más o menos como en la fábula del letrado que compraba un asno… (si no la saben, ya se la contaré).  Los chinos han sido siempre maestros de la hipérbole y el pleonasmo.

Pero en cierta forma sí, porque tanto los comentarios atribuídos a Confucio, como los comentarios modernos ayudan a vencer la pesadez del texto arcaico puro, favoreciendo el vuelo de la imaginación. Mas volvemos siempre a lo mismo: los comentarios NO SON el I-Ching auténtico y primigenio. Son comentarios, y nada más; son “alas”, para dejar volar nuestra imaginación y nuestra creatividad.

En suma, que si queremos entender a dónde va a parar el oráculo, es necesario que lo desentrañemos de las escuetas frases que Wilhem designó “Dictamen” y “Líneas”, y que en las mejores ediciones aparecen realzadas en negrita, para diferenciarlas de lo que es luego un comentario. Para eso, en la técnica sinarúspica nos valemos de las cuatro claves del dibujo adjunto, más una quinta, que no es otra cosa que la integración coherente de lo aportado por todas las anteriores. (Ya sé lo que están pensando: pues sí, son cinco, porque el 5 es el número cabalístico entre los chinos, como el siete lo fue entre los asiriocaldeos, de los cuales pasó a los hebreos, y de éstos a la Iglesia romana).

La primera clave es una traducción precisa y coherente del texto chino originario. Es más que obvio que si no traducimos correctamente lo que el I-Ching auténtico dice, mal vamos a poder aplicarlo después a la realidad objetiva. De allí la importancia de valerse siempre de una versión confiable y de primera mano.

La segunda clave es la simbología, el análisis de los símbolos utilizados por la cultura china ancestral y que tienen lugar en el Libro de los Cambios o Mutaciones.

La tercera clave es el aporte de las modernas disciplinas psicológicas desarrolladas en Occidente, y muy en particular la psicología analítica de Carl Jung y su descubrimiento de los arquetipos psíquicos.

 La cuarta clave la constituyen las nociones de sociología de la China clásica, su mitología y su historia, en tanto se ven reflejadas o aludidas por el texto oracular.

La quinta clave, integradora de las anteriores, arriba a un resumen final del “tema” de cada hexagrama, y del vaticinio de cada una de las líneas.

En un posterior artículo veremos con mayor profundidad cada uno de los recursos utilizados con estas claves.

 

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¡Actualicemos el nombre de los hexagramas!

enero 3, 2008

Para quien va en busca de un conocimiento que requiere una terminología extranjera, es un poco decepcionante comprobar que el instructor, maestro o enseñante carece de un mínimo dominio de la lengua original. Imagínense un profesor de Derecho Romano, que ignorase las reglas de la pronunciación restituída del latín; o el docente de literatura anglosajona que pronunciara “Shakespeare” como si de un apellido español se tratase; o el guru hinduísta que desconociera las más lementales reglas de la pronunciación sánscrita… ¿Ridículo, no? Pues lo mismo sucede con la denominación original de los “temas” de los hexagramas.

En la teoría sinarúspica llamamos “tema” al ideograma que da nombre al hexagrama. Este ideograma -a veces son dos- resume la cuestión o tema coyuntural al que se referirán, más o menos directa o circunloquialmente las seis líneas del hexagrama, individualmente y en su conjunto. Este tema es muy importante, porque nos permite verificar, ante una consulta, si se ha obtenido una respuesta congruente o no, y actuar o aconsejar en consecuencia.

Todas las versiones clásicas del I-Ching que hemos enumerado en una página anterior (a sola excepción del Xi Wen), fonetizan el ideograma valiéndose del sistema Wade-Giles. Pues bien: es hora de actualizarlo, y veamos por qué.

El idioma chino escrito es una lengua monosilábica, es decir, compuesta mayormente por “palabras” o unidades conceptuales de una sola sílaba. Con el correr de los siglos, se ha ido manifestando una progresiva tendencia a la aglutinación en dos sílabas para muchos términos, y excepcionalmente en tres. Pero la escritura china no refleja la pronunciación de la sílaba, sino el significado de la misma. Es decir,que cada “ideograma = sílaba” chino identifica el concepto de la cosa, sin adelantarnos mucho acerca de cómo se pronuncia ésta. De allí que incluso un chino nativo, frente a una palabra escrita que no conoce, deberá recurrir al diccionario no sólo para averiguar su significado, sino para saber cómo debe pronunciarla (para lo cual los buenos diccionarios chino-chino conllevan unos especiales signos fonéticos auxiliares). Inversamente, un chino que converse con otro chino, ante la duda fonética, le pedirá que le dibuje rápidamente con el índice sobre la palma de la otra mano el trazado del ideograma en cuestión, con lo que quedará zanjada su duda.

Cuando los primeros sinólogos se enfrentaron con la necesidad de transmitir la enseñanza de los ideogramas, tuvieron que idear una transcripción fonética. Pero héte aquí que cada uno, por razones de corte nacionalista, compuso una clave fonética sólo apta para ser pronunciada en su propia lengua europea. Así, los jesuítas italo-franceses que tomaron contacto con el Celeste Imperio en el siglo XVII compusieron la suya afrancesada. Posteriormente los ingleses, esos grandes aventureros de los mares, se volvieron predominantes en el comercio con el Extremo Oriente, lo que los puso en la necesidad de disponer de un sistema fonético más moderno, y con cierta objetividad que respondiese mejor a la morfología fonética china. Fue así que nació ese  engendro que se llamó ´”sistema Wade-Giles“, en honor de su creador, Thomas Wade (1818-1895) y de quien lo incorporó a los diccionarios standard,  Herbert Allen Giles (1912).

Si nos dejásemos llevar por patológicas interpretaciones paranoides y conspirativas, deberíamos afirmar que, en realidad lo que Wade y Giles se propusieron fue que nadie que no fuese inglés y estudiase en Cambridge aprendiese jamás el chino. Pero, ahora hablando en serio, en realidad lo que ocurrió fue que Wade se dejó atrapar en una típica trampa china. Trató de reproducir los 409 componentes fonéticos más reiterados de los ideogramas chinos, con lo cual, pretendiendo “chinificar” su sistema, perdió a la vez el misterio de la figura pictórica, y la sublime sencillez del alfabeto latino, reemplazándolos por una verdadera sopa de letras, absolutamente indigerible. Y así fue que el indudable mérito personal y académico de esos dos sinólogos disimuló la pésima didáctica del sistema, que fue adoptado con toda liviandad por sus primos hermanos, los norteamericanos. De ese modo el Wade-Giles campeó durante todo el siglo XX como “el” método fonético para la romanización del chino. Hasta que, a Dios gracias, apareció la ONU en el tema…y con ella el antipático Instituto de Ciencias de la ex-URSS.

A pocos años de formada la Organización de las Naciones Unidas, uno de los problemas palmariamente evidentes lo constituyó ese difícil lenguaje mandarín que no se sabía cómo pronunciar, o cómo graficar de manera compatible con los cánones occidentales (recordemos que aún no existía el actual desarrollo y difusión del ordenador para servir de ayuda). Fue entonces que, por la década de los 60’s, una comisión de gramáticos chinos, complementada por lingüistas soviéticos, se abocó a la tarea de “romanizar” el chino mandarín, o sea volcarlo en nuestro conocido abecedario latino. Pero sobre todo, su gran acierto fue incorporar lo que hoy es un paradigma lingüistico: “cada letra un sonido, y sólo un sonido para cada letra”. Fue así que surgió el “pin-yin“(o mejor dicho el “han yu pin yin” = “pronunciación de la lengua china o de la nacion Han”). Con él, finalmente se pudo dar al trasto con ese galimatías del Wade-Giles.

Sin embargo, las barreras políticas, quizá más que las resistencias académicas y la perezosa inercia ante el cambio, hicieron que aquella antigualla coexistiera hasta hoy con el excelente sistema Pinyin. Finalmente, la mismísima Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos unificó sus registros de temática china con el Pinyin, al igual que las entidades dedicadas a la confección y difusión de estándares internacionales.

De modo, entonces, que nada que no sea una pura y demasiado comodona costumbre explica que se sigan romanizando los ideogramas del I-Ching conforme el sistema silábico de Wade-Giles.

Los invito a que tomen su texto de cabecera (el que hayan elegido, según el listado que les sugerí), y munidos de un lápiz procedan a reformular la denominación china de cada hexagrama. Con ello sin duda darán un gran paso para mejor entenderse entre sí, y con los chinos. 

A continuación, y según el orden numérico habitual, figuran los hexagramas renominados:

1.- Qian

2.- Kun

3.- Zhun

4.- Meng

5.- Xu

6.- Song

7.- Shi

8.- Bi

9.- Xiao-xu

10.- Lü

11.- Tai

12.- Pi

13.- Tong-ren

14.- Da-you

15.- Qian

16.- Yu

17.- Sui

18.- Gu

19.- Lin

20.- Guan

21.- Shi-he

22.- Bi

23.- Bo

24.- Fu

25.- Wu-wang

26.- Da-xu

27.- Yi

28.- Da-guo

29.- Kan

30.- Li

31.- Xian

32.- Heng

33.- Dun

34.- Da-zhuang

35.- Jin

36.- Ming-yi

37.- Jia-ren

38.- Kui

39.- Jian

40.- Jie

41.- Sun

42.- Yi

43.- Guai

44.- Gou

45.- Cui

46.- Sheng

47.- Kun

48.- Jing

49.- Ge

50.- Ding

51.- Zhen

52.- Gen

53.- Jian

54.- Gui-mei

55.- Feng

56.- Lü

57.- Xun

58.- Dui

59.- Huan

60.- Jie

61.- Zhong-fu

62.- Xiao-guo

63.- Ji-ji

64.- Wei-ji

Sobre la pronunciación:

  • Las vocales suenan bastante puras como en castellano, salvo la e y la i, que según su ubicación se empañan haciéndose impuras; una sucesión de dos o tres vocales dentro de la misma sílaba se diptongan siempre, de modo que cada una mantiene su valor. Cuando una u lleva diéresis (ü), suena como la “u” francesa, es decir, con los labios proyectados hacia adelante, haciendo trompita.
  • La c se pronuncia siempre como una “ts“, nunca como “ka”, ya que para esa función “dura” está la letra k. Así, el hexagrama 45 se pronuncia “tsui”
  • La g es siempre blanda, como en “gato”, cualquiera sea la vocal a la que preceda.
  • La h es sonora, como en inglés, pero algo más intensa, y sin llegar nunca a nuestra jota de raigambre arábiga.
  • La j suena siempre como la “ye” porteña en “canyengue”, (o la jota inglesa en “John”, o la francesa en “jouer”).
  • La q equivale a una “che” española; así, el hexagrama 1 y el 15 se pronuncian “chien” (aquí la “a” diptonga afrancesadamente como una “e”; qué se le va a hacer…el chino tiene sus bemoles…)
  • La r es una “ere” arrastrada, como la “erre” de nuestros paisanos del interior argentino, o algo enrulada como la de los tucumanos.
  •  La combinación sh suena como en “show”. Es una excepción al paradigma de una letra sóla para cada sonido.
  • La w suena siempre como una “u”, diptongando con otras vocales.
  • La x se pronuncia como la “equis” gallego-portuguesa, es decir, con el sonido “shh…” como para chistar.
  • La y suena siempre como “i”, con valor consonántico cuando se apoya en otra vocal.
  • La combinación zh se pronuncia como una “che” española, pero profunda, con la punta de la lengua flexionada hacia el paladar duro. Así, el hexagrama 61 se pronuncia “chong-fu”. Otra excepción al paradigma.

En fin: con estas nociones básicas, ustedes están en condiciones de pronunciar muy aceptablemente los nombres de cada hexagrama. Pero aún falta un componente importantísimo en el chino hablado, que son los “tonos”, de los cuales en el chino mandarín hay cuatro (más quizá un quinto intrascendente o atónico), y que en Pinyin se indican mediante cuatro acentos o signos diacríticos: rayita plana, acento agudo, acento circunflejo invertido, y acento grave, representando respectivamente al tono primero (llano y alto), tono segundo (ascendente), tono tercero (descendente-ascendente), y tono cuarto (grave descendente).

Pero eso será para otro artículo.

mailto:sinaruspica@yahoo.es

      

I-Ching: ¿qué texto usar?

enero 2, 2008

La primera inquietud de quienes quieren iniciarse en el estudio del I-Ching es, naturalmente, qué texto usar. O, mejor dicho, qué versión utilizar. Esta es una cuestión primordial, por cuanto, aunque parezca una revelación de Perogrullo, el I-Ching es un libro perteneciente a la literatura china clásica, originalmente escrito en ideografía arcaica. Esto supone que primero debió ser compilado a través de generaciones por eruditos letrados, y vertido en caracteres clásicos, adquiriendo su forma más aceptada y confiable en la llamada “versión de Palacio” realizada bajo el reinado de Qing Xi (1662-1722 d.C) con la finalidad de dotar al Emperador de un texto lo más confiable posible para la consulta de los oráculos.

Es generalmente sobre esta versión y sus posteriores copias, que trabajaron los pioneros de la sinología, aquellos occidentales que emprendieron la ardua tarea de aprender desde la nada un idioma tan atípico como el chino, para el que no existían gramáticas al uso occidental, y , lo que era peor, para el cual las categorías gramaticales de las lenguas clásicas (latín y griego especialmente) no cuadraban.

De aquí la importancia de que quienes quieran acercarse con seriedad de estudiosos al texto del I-Ching, partan de la base más fidedigna posible, es decir, que lo hagan desde una buena traducción. Aquí nos encontramos con la primera dificultad: quienes mejor tradujeron el Libro de los Cambios lo hicieron en inglés, alemán, o francés. De modo que quienes pertenecemos al mundo de habla hispánica debemos leer las páginas del Libro a través de una doble degradación: primero del chino al alemán o inglés, por ejemplo, y luego de éste al castellano o español. Siempre, claro está, de que no estemos en condiciones de leer corrientemente el idioma del traductor, en cuyo caso habremos abreviado el camino, y obtenido una información de segunda mano, en lugar de tercera. Y, como dice el refrán italiano, “traduttore, traditore” (traductor, traidor), es inevitable que la subjetividad del traductor influya al momento de escoger el equivalente más preciso de un término; y si a esto le añadimos que ya el primer traductor debió lidiar con la habitual multivocidad del ideograma chino, podemos hacernos una idea de lo complejo que puede llegar a resultar el extraer toda la esencia filosófica del I-Ching, sin caer en la trampa de las traducciones simplistas o los “falsos conocidos”.

En consecuencia, es de la mayor importancia saber elegir una buena versión del I-Ching, que se ajuste al objetivo propuesto por el estudiante, el que podrá variar según sus motivaciones y preferencias. En efecto, habrá quienes se acercan al Libro de los Cambios con el propósito de encontrar en él respuesta a sus interrogantes e inspiración para la acción pragmática (sin duda los más); pero los habrá que se acercan en busca de un complemento a sus aficiones filosóficas, o los que buscan inspiración para su creatividad artística, o los que lo escudriñan en busca de aportes históricos, o los que se interesan en él desde un punto de vista puramente literario, por dar sólo algunos ejemplos. Para todos ellos es de capital importancia trabajar sobre la base de una versión sólida, basada en un conocimiento de primera mano del idioma chino clásico escrito. 

Aquí va entonces mi primera recomendación: si quieren trabajar en serio, provéanse de una versión directa del chino. A continuación les enumero los autores cuyas versiones resultan más confiables, más allá de las grandes divergencias que puedan encontrarse entre ellas, y cuya explicación daremos más adelante. Quienes cursen en Sinaruspica pueden utilizar el texto que prefieran de entre estos, ya que en las clases nos remitiremos al original chino, aclarando todas las dudas que surjan, y señalando el por qué de las diferencias y matices de cada traducción. Pero, insisto, debemos partir de una versión confiable desde el inicio. Por eso, les aconsejo que dejen de lado los numerosos “refritos” hechos con retazos parafraseados de diferentes autores originales, y lanzados al mercado editorial con un sentido puramente oportunista; aquí, una vez más, lo barato sale caro.

Las siguientes son las versiones que considero más confiables, de entre las que se encuentran volcadas a la lengua hispánica:

Richard Wilhem (1873-1930): “I-Ching, el Libro de las Mutaciones”, traducción al español por D.J.Vogelmann, Edit. Sudamericana, Buenos Aires, 1976. Idem, con traducción al español de Helena Jacoby de Hoffmann, Edit. Cuatro Vientos, Stgo. de Chile, 1976. Ambas son confiables, pero la primera es decididamente más completa y recomendable.

La versión de Wilhem es un clásico en el tema, y sin lugar a dudas la mejor traducción existente hasta el presente, y que quizá no tenga competidores por largo tiempo. Ello se debe a que este autor, que vivió más de veinte años en China, la mitad de ellos bajo el régimen imperial, y la otra mitad bajo el régimen postrevolucionario surgido en 1911, tuvo la inapreciable ayuda de uno de los últimos exponentes de la clase de los letrados confucianos, Lao Nai Xuan. Gracias a este aporte, Wilhem pudo encontrar para cada ideograma el sentido más verosímil de acuerdo a la tradición literaria china.

Wilhem cumplía funciones de pastor protestante, y habla muy en favor de su amplitud de criterio el que haya reconocido, a pesar de la previsible desaprobación de sus colegas, las curiosas propiedades parapsicológicas del Libro que había traducido. Por esta razón, además de su excelente versión literaria, y de haber contado con el espaldarazo académico de Carl Jung, el I-Ching de Wilhem es de primera elección para quien quiera iniciarse y explorar las posibilidades mánticas del Libro de las Mutaciones (o Libro de los Cambios).

James Legge (1815-1897): “I-Ching, el Libro de los Cambios”, Edit. Obelisco, Barcelona, 1997. A semejanza del anterior, este autor vivió una treintena de años en China, y en plena época imperial, en el corazón del siglo XIX. También él fue en carácter de misionero evangélico. Su traducción es tan confiable como la de Wilhem, y su prosa por momentos aún más fluida y precisa que la de aquél. La versión es literaria, un tanto equidistante, y los comentarios lúcidos, atinentes, y precisos. Sin embargo, presenta un inconveniente para quienes buscan aspectos esotéricos en el Libro: Legge era un misionero escocés hecho y derecho, y tomaba con burlona ironía esos posibles contenidos. Esto se aprecia en la versión inglesa original, ya que suele ser expurgado de las copias traducidas. De modo que su versión, por otra parte excelente y sin duda muy plagiada por sus sucesores, es particularmente recomendable para quienes encaran el estudio del I-Ching desde sus ángulos puramente culturales, filosóficos, y sociológicos.

Carmelo Elorduy: “Libro de los Cambios”, Editora Nacional, Madrid, 1983. Sacerdote jesuíta, Elorduy se desenvolvió como misionero y docente en la China republicana del siglo pasado, primeramente en la China continental, y luego en el refugio nacionalista de Taiwan. Su versión del I-Ching se caracteriza por un fuerte sesgo interpretativo personal, de una racionalidad un tanto desapegada. Habiendo practicado el chino oral y escrito “in situ”, su versión resulta académicamente muy estimable, significando un valorable esfuerzo por repensar la trascendencia del texto original. Nacido español, su versión tiene la ventaja de llegar primigenia al público hispanoparlante, pero, al igual que la de Legge, su enfoque es descriptivamente cultural, fríamente interpretativo. Recomendable, por tanto, para quienes buscan ese encuadre. 

John Blofeld (1913-1987): “I-Ching, el Libro de los Cambios”. trad. al español de Rafael Lassaletta, EDAF, Madrid, 1981. Este autor, de vida trashumante, volcado esencialmente a las filosofías y religiones orientales, estuvo algunos años en China, aprendió el mandarín, y cuenta entre sus trabajos más estimados esta versión del I-Ching. Convencido de las virtudes mánticas del libro, su traducción es muy asequible al neófito, y cuenta con una jugosa introducción. No obstante, se aparta con cierta frecuencia del sentido tomado por los autores más clásicos, sin aclarar, por lo general, sobre qué originales basa su discordancia. En consecuencia, es una obra recomendable, en segunda línea.

Rudolf Ritsema (1918-2006): “I-Ching”, traducción al español de Edith Zilli, Javier Vergara Editor, Madrid/Buenos Aires, 1995.  Holandés de nacimiento, fuertemente influído por la cultura germanoparlante de Suiza, país donde buscó refugio ante el avance totalitario nazi, quedó estrechamente vinculado a la Fundación Eranos, creada por Olga Froebe Kapteyn, y de la que fuera colaborador destacado Carl Jung. Ritsema, estudioso del chino, en colaboración con otros lingüistas más expertos, produjo una versión sumamente literal, pero ricamente explicada en sus aspectos idiomáticos. Esta versión,  muy cuidada graficamente y precedida por un interesante estudio teórico, adolece sin embargo de una literalidad tan rígida que llega a menudo a la ininteligibilidad, la cual se agrava por la múltiple traducción. Pero, por otro lado lleva anexas aclaraciones que lo convierten en una suerte de diccionario de términos usados en el I-Ching, por lo que resulta muy valioso para estudiantes avanzados. De cualquier modo, no resulta de fácil acceso, y requiere de detalladas explicaciones para su adecuado uso, por lo que en nuestros cursos lo reservamos preferentemente para el ciclo profundizado.

Xi Wen y Li Yan: “”Libro de los Cambios con ilustraciones”, Ediciones de Lenguas Extranjeras, Beijing, 1998. Se trata de una obra interesante, que rescata cierto valor originario del I-Ching, y que cuenta con las ingeniosas ilustraciones de Li Yan. Se limita a la traducción del texto primigenio del Libro, sin mezclarlo con comentarios posteriores, tanto confucianos como postconfucianos, lo cual no deja de ser una ventaja para el principiante. Como interés suplementario, al pie de cada ilustración figura el texto original chino, en caracteres manuscritos, y en capítulo aparte una serie de comentarios hallados en un ejemplar del I-Ching escrito en seda, que data de la dinastía Han del Oeste (206 aC-8 dC). Esta versión tiene la particularidad de atribuír a ciertos ideogramas su valor y significado más arcaicos, contraviniendo así la interpretación sancionada por la tradición erudita en la que abrevaron Legge, Wilhem, y sus continuadores. Esto puede ser de gran interés para el enfoque histórico del Libro, pero constituye un escollo para quienes buscan un contenido esotérico o filosófico del mismo. Comparar una versión tradicional del I-Ching con esta de Xi Wen y Li Yan puede confundir mucho al lector no iniciado, ya que no atinará a entender cómo un mismo texto puede llegar a tener traducciones tan disímiles e incongruentes. Además, hay que señalar que la versión al español deja bastante que desear, conteniendo errores groseros de sintaxis que deberían ser corregidos en otras ediciones. Por todo esto, y sin dejar de considerar esta obrita como interesante, la dejamos en una tercera línea de elección, y sólo como ilustrativa de las innumerables posibilidades exegéticas que ofrece el Libro de los Cambios.

sinaruspica@yahoo.es


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