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Un escritor cubano en Hong-Kong (año 1954)

enero 22, 2008

Tomamos del libro de Rodolfo Arango “Pasos por el Oriente” (1955), una selección del capítulo referido a la entrevista  de este viajero con un profesor de literatura, durante su recorrida por Hong Kong, por entonces enclave británico en el sur de China, y uno de los pocos puntos del país que podían pisar los extranjeros. Estamos en lo más álgido de la “guerra fría”, y la “cortina de bambú” funcionaba con rigor. Por eso, para la mayoría de los occidentales la única ventana para asomarse al misterioso mundo chino lo constituían esos resabios del colonialismo que eran los minúsculos enclaves de Macau, portugués, y Hong-Kong, británico.

He tratado de rescatar datos de este autor en la “web”, infructuosamente. Hombre culto y cosmopolita, católico, de pensamiento independiente, supongo que no le debió ir bien durante el régimen castrista, y deduzco que probablemente engrosó el éxodo de cubanos en Miami. Si alguno de mis lectores posee datos fidedignos al respecto, desde ya le agradeceré su aporte.

Me he tomado la libertad literaria de remplazar algunos cubanismos por sus correspondientes argentinismos, y de cambiar algunas comas en el texto original, reduciendo su extensión. Por lo demás, la reproducción es literal.

 Dejémosle la palabra a nuestro autor:

(…) “La víspera de nuestra partida de Hong-Kong tuvimos la suerte, al visitar la Universidad, de de encontrarnos al doctor Lao Lanfang quien, luego de servirnos de cicerón en la breve visita a aquel centro, se ofreció para llevarnos esa noche a una función teatral netamente china.

Nos hizo el honor de venir a buscarnos al hotel acompañado de su esposa, una joven muy agradable, cuyos rasgos chinos eran muy leves: su madre era china y su padre, alemán.

Durante el viaje hacia el teatro, en su pequeño Renault, que él mismo manejaba, correspondiendo a una insinuación nuestra sobre ciertas características de la literatura china, nos dijo:

- Es posible que lo que más se destaque en un análisis de la literatura china sea la “finura de expresión”. Y esta “finura” no es sólo debida a la selección de las palabras y el manejo de sus valores, sino a lo que, combinadas, pueden significar indirectamente, o sea en sentido figurado. En nuestra literatura -más quizá que en ninguna otra- hay que saber “leer entre líneas”. Como ha dicho un moderno autor nuestro, “los chinos han perfeccionado el arte de ahorrar palabras, debido principalmente al carácter monosilábico del idioma”. De ahí que en China el descubrimiento de un lema para la simple venta de un producto o para una campaña política o social tenga mucha importancia, y sea parte de la habilidad intelectual china. En las expresiones más sencillas se advierte. Vea usted, por ejemplo, ese letrero o pasquín de esta pequeña tienda. Traducido a vuestro idioma dice: “Si me pides crédito y no te lo doy, te disgustas; si te lo doy y no me pagas, me disgusto yo. Es mejor que el disgustado seas tú…”

Mientras íbamos casi lentamente a lo largo de una avenida iluminada por el resplandor de los anuncios lumínicos en colores, continuó el doctor Lanfang:

 -En la literatura china se cuida mucho de que la prosa no sea alambicada, sino que tenga ese sabor de una conversación familiar bien conducida. Eso no quiere decir -agregó con malicia- que los catálogos de librerías y de las bibliotecas no estén llenos de libros de prosa excesiva, preciosista y vacía.

-¿Y la influencia occidental?

-Sí, es grande, y a mi juicio ha provocado cambios substanciales en la literatura moderna, especialmente en nuestra prosa.

-Tengo entendido -apuntamos- que la poesía es la zona más valiosa de la literatura china.

-En efecto -asintió-, como ha dicho un autor moderno, conocedor de ambas culturas, “la poesía ha entrado más en la composición de la vida china que en la de Occidente, y no se la considera con esa divertida indiferencia que parece tan general en las sociedades occidentales”. Para darle a usted -prosiguió Lanfang- una idea de la importancia de la poesía en China, le diré que, en todos los tiempos, los hombres cultos han sido poetas, o, por lo menos, han tratado de serlo. Por otra parte, considero con Lin Yutang que la poesía tiene funciones de una religión en China, en lo que pudiera tener de sentimiento del misterio y la belleza del Universo, y una sensación de ternura y compasión por los semejantes y por las criaturas humildes de la vida. La poesía, cultivada con esa sinceridad y amor, ha penetrado en la conciencia china y ha ayudado a una buena parte de la sociedad a comprender la naturaleza y a adquirir un sentido emocional de la existencia.

Habíamos llegado a las inmediaciones del teatro, y la charla, tan interesante y nueva para nosotros, tuvo que ser suspendida con las peripecias del estacionamiento.

Estaba la sala a media luz, y la función no había empezado todavía. La acomodadora, de ancho vestido gris y gracioso quepis rojo, revisó los tickets que le mostró el profesor Lanfang, y pronto nos dejó en nuestros asientos. Celebramos el perfume exquisito de la señora Lanfang, quien recorría con la vista los altos palcos del teatro, ya casi llenos de familias. Nos dijo entonces que era perfume de Paris, y que muchas mujeres de Hong Kong y de Shanghai aman los perfumes franceses, aún por encima de los famosos perfumes orientales. Atendido el capítulo de los cumplimientos para el bello sexo, en la forma menos complicada posible, preguntamos al amable y culto profesor:

-¿Me dijo usted que íbamos a ver una ópera, una ópera china?

-Sí, aunque no en la exacta clasificación occidental -respondió, sonriendo-. En realidad es un drama; pero el drama chino tiene un valor especial, en su estructura y objetivos.  Resulta -añadió- una combinación de diálogos, muy inteligibles para el público, y de canciones cuyas letras, con frecuencia, tienen muy alta calidad poética. Como esas canciones van intercaladas a breves intervalos, y tienen mayor relieve que las partes habladas, nosotros interpretamos la palabra li-si (drama) más bien como equivalente a ópera nacional, porque lo sobresaliente es la música, el canto y su poesía.

Justificamos entonces nuestra extrañeza del primer momento, al observar que el público, que llenaba prácticamente el teatro, no estaba vestido con esa solemnidad con que en nuestros países occidentales se va a la ópera, como a algo que tiene tanto de espectáculo social como artístico, a excepción de Italia, donde la ópera tiene un valor casi popular, y el público acude a ella por atracción sentimental y artística, yendo casi siempre vestido con la natural sencillez con que acude a un espectáculo teatral cualquiera. En ciertas funciones de gala, sin embargo, y especialmente en Roma, la etiqueta es exigida, y así se aclara en los anuncios y programas impresos.

-En nuestro li-si -nos dijo el profesor-, el público generalmente conoce y recuerda bien el argumento y los personajes de las obras. Los reconoce por sus caretas o máscaras, por sus trajes y actitudes convencionales, más que por los diálogos. El hecho de que, a pesar de ello, acuda una y otra vez a “oír” y ver la obra, indica que más que la curiosidad del argumento, lo que le atrae es el contenido artístico: el canto, la música, el color…

Se abrieron las cortinas para empezar la representación de La cámara occidental, obra clásica considerada como una obra maestra de la literatura teatral china. Según nos explicó el doctor Lanfang la obra, en conjunto, tenía veinte actos, aunque en realidad se trataba de una serie de dramas , cada uno de ellos con cuatro episodios, todos formando un solo asunto o argumento.

Confesamos que el choque fue demasiado fuerte en nuestro espíritu. No podíamos interpretar y gustar las maneras musicales y la acción dramática de la célebre obra. La técnica de ese género chino , aparte la oscuridad completa del idioma para nosotros, era tan distinta de la del teatro occidental; los movimientos y las palabras combinadas de tal forma, que por muchos esfuerzos que hacíamos, no podíamos darnos cuenta realmente de la acción. Apareció Inging, la heroína, encarnada por una bella actriz, de largas cejas curvadas, de hermosa cabeza cuyo peinado estaba sujeto por una gran peineta de jade. se oía el murmullo de una recitación, antes de que ella, tras de algunos movimientos suaves, casi ondulantes, comenzara a hablar. Nuestro amigo, el caballero chino, fascinado, nos dijo al oído:

-Es lástima que usted no comprenda. Los versos la van describiendo en un bello y sutil lenguaje. Estos versos chinos son la forma más delicada y expresiva de describir a una bella mujer que, además, está llena de alma.

La música, desde el punto de vista nuestro, nos defraudó con sus excesos de bombos y platillos. Aún por encima del estruendo de estos y de otros instrumentos musicales, las voces de los actores, unas voces agudas, en falsete, que llenaban todos los rincones del teatro y se metían en nuestros oídos, produciéndonos la sensación de un taladro, más o menos musical…

Cuando salimos del teatro, en un discreto salón de té, en los alrededores, tomando un delicioso helado de li-tchi, confesamos al matrimonio Lanfang nuestro aturdimiento e incomprensión.

-Es natural que así sea- nos dijo ella; sería necesario ser chino o haber vivido en China largos años. Esa reacción suya, frente a la más característica forma musical nuestra, la hemos sentido también mi marido y yo en un night club de Shanghai, el pasado año, al oír una música occidental del momento, muy nueva, que llamaban mambo. Sus alaridos y notas chillonas, más fuertes y discordantes aún que la del jazz-band, nos hacían sufrir.

Nosotros, oriundos de la tierra del caribe donde nació el mambo y vecinos de la zona norteamericana creadora del jazz, nos sentíamos en aquel momento profundamente identificados con la inteligente pareja de Hong Kong…”

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Para saber más: Rodolfo Arango, “Pasos por Oriente, Editorial Grijalbo, Mexico, 1955.

  

Un bárbaro en China (entrevista con Henri Michaux)

enero 15, 2008

michaux.gifMe lo encontré una agradable tarde otoñal en un puesto de los bouquinistes de la Rive Gauche, ya casi al final de los quioscos, llegando a la convergencia del boulevard Saint Germain. Había oído decir que él había estropeado su salud con el uso de alucinógenos. Sin embargo, salvo por cierta mirada algo desorbitada, como de miope, y su nervioso fumar, nada parecía delatar ese pasado. Rostro de rasgos acusados, un tanto germánico (había nacido en Bélgica), sin duda irradiaba una fuerte personalidad dentro de un físico un poco frágil.

¿Le hablo, o no le hablo…? Mi eterna inseguridad me hacía oscilar entre la emoción del encuentro y el deseo de entablar conversación, y el temor a resultarle molesto, a ser desairado. Pero es curioso cómo el estar en tierras ajenas lo libera a uno de inhibiciones. Se hace con naturalidad lo que en casa propia se haría de un modo más elaborado: desde piropear a una mujer, hasta interpelar a un desconocido o protestar en público por un servicio mal prestado. Decidí intentar la conversación, así que lo saludé con el infaltable “bonjour, Monsieur”. (Esto era muy importante: dirigirse a un desconocido en París, y olvidar la ritual cortesía del saludo, habría sido una gaffe imperdonable). ¿Es Usted quizá Henri Michaux…?, arriesgué, sintiéndome un poco como Stanley encontrando a Livingstone en el corazón del África. Asintió, mirándome de hito en hito, intrigado sin duda por mi mal francés, y con esa expresión de evaluación distante que ponen los parisienses cuando son interpelados por un desconocido. Le dije que había leído sus obras. Mentira de cortesía, a la que respondió con un ¿Ah, sí…?, como adivinando mi exageración. Decidí llevar la conversación hacia el terreno más seguro del único libro suyo que había leído. ¿Usted estuvo en China, no…? Esas experiencias me interesan mucho, ¿sabe?…Es que soy muy aficionado a las chinerías, como decía el poeta Rubén Darío, y encontrar a alguien que haya estado en la China premaoísta, y que tenga la lucidez suya para relatarlo, no es frecuente…
- Bueno, si lo que le interesa es China, tenga en cuenta que la revolución comunista ha barrido costumbres, maneras de ser, de obrar, y de sentir establecidas por los siglos. No pocas de las observaciones mías que usted ha leído ya no son válidas. ¡Qué iba yo a presentir lo que se estaba gestando allí! Lo que parecía permanente, se ha dislocado. Yo estuve allí a principios de los años treinta…en el siglo pasado. Fíjese si pasó agua bajo estos puentes del Sena…La China que yo conocí era una nación postrada. Esa década fue la peor de la desintegración nacional. Era la época de los “señores de la guerra”: cualquier sargento de milicias, con el apoyo de bandidos y contrabandistas se constelaba el pecho de medallas de latón, se ponía unos entorchados, adoptaba una expresió feroz (indispensable en la iconografía militar china), y se convertía en dueño y señor de vidas y haciendas, en una suerte de territorio feudal. La gente vivía con miedo, con un miedo muy real. La vida humana (que nunca significó gran cosa en un país en perpetua inflación demográfica), valía menos que nada. Por eso, quizá, yo a los chinos los veía esquivos… Si pedía un informe en la calle, mi interlocutor salía disparado, como si pensase “Es más prudente no mezclarse en asuntos ajenos; se empieza por informes, y se acaba a golpes”. Además, era un país presa del más abyecto desorden: prácticamente no se podía salir de una ciudad de la China, porque a unos veinte minutos de viaje ya lo habían asaltado.
- No importa, Maestro, si precisamente lo que yo quiero es sentir el sabor renovado de aquellos recuerdos suyos, como cuando uno hojea las antiguas fotografías color sepia de los recortes de diario que juntaba el abuelo…¡Allons! ¡Cuénteme algo de aquello, aunque más no sea como una gentileza para quien no ha tenido la oportunidad de viajar tanto como Usted. Dígame, los chinos…, ¿cómo eran los chinos?
- ¿Usted se refiere al hombre de la calle, el chino corriente y moliente?
- Ni más ni menos.
- Bueno, pues modesto…más bien agazapado, acolchado, se diría flemático, con ojos de detective y pantuflas de fieltro, caminando en puntas de pies, las manos entre las mangas, jesuítico, con una inocencia cosida con hilo blanco, pero dispuesto a todo. Cara de gelatina, escurridizo como un ratón, con algo de borracho y de blando, con una especie de corteza entre el mundo y él…
- ¿No le dije?…¡Si hasta me parece estar viendo una de esas viejas fotografías tomadas en las calles del viejo Shanghai, con los chinos caminando a pasitos rápidos, como bamboleándose, inescrutables.
- Sí, el chino se agazapa lejos, detrás de sus ojos , en los que su ser no llega a proyectarse nunca en su totalidad…El chino tiene el alma cóncava.
- ¿Y físicamente, cómo los veía Ud. en su conjunto, como pueblo?
- Son un pueblo viejo, pero sano. Ningún tipo deformado o de retrasado mental. Hasta los mendigos, bastante raros, conservan ese aire espiritual y de buena sociedad tal como si fueran retoños de una vieja familia aristocrática, debilitada por enlaces consanguíneos…
- Y las mujeres? ¿Cómo eran las mujeres?
- Ah, las mujeres chinas tienen cuerpos admirables, con el trazo de una planta, y nunca el aire de ramera que la europea adquiere con facilidad. Cuando una mujer china se ha introducido en el lecho, se necesitan muchos días para desasirse… La china se ocupa de uno, siempre abrazada a uno, como la hierba que no sabe aislarse… Se ocupa de uno, como si estuviese haciendo una cura. ¡Es tan afectuosa! Se pone al servicio de uno, sin bajeza, con tacto e inteligencia. Es como una hormiga siempre en busca de trabajo, atendiéndonos, arreglando nuestras cosas, y haciéndolo tan bien que parece que lo que ella arregla ya no se puede desacomodar. Mire, hasta durmiendo de a dos, la china es admirable. Tiene una especie de sentido de la armonía que subsiste hasta en el sueño, y que la impulsa, con movimientos apropiados, a no apartarse nunca, a subordinarse siempre a lo que sería tan hermoso, a ser dos armoniosamente…
- Me pregunté para mis adentros si esta experiencia habría surgido de algún exótico romance, o más prosaicamente entre las linternas rojas de los barrios de placer. Pero hubiera sido muy descortés preguntarlo, así que cambié de tema.
¿Y la religión de los chinos? ¿Le parecieron creyentes?
- El chino no tiene, precisamente espíritu religioso. Es demasiado modesto. Además, es hombre práctico: si se ocupa de alguien del más allá, es de los demonios, sólo de los malos, y eso cuando hacen mal. Si no, ¿para qué? Fíjese que el mismo Confucio decía que no tenía interés en indagar los principios de cosas que escapan a la inteligencia humana, ni ejecutar acciones extraordinarias que pareciesen ajenas a la naturaleza del hombre.
- Me recuerda a Protágoras, cuando decía que “el hombre es la medida de todas las cosas”…
- Tal cual. Si usted va a un templo chino, verá que el chino está perfectamente cómodo. Fuma, habla, se ríe, y consulta a los adivinos que hacen rodar palitos en una caja; retira uno, y el adivino lee la suerte en un libro de oráculos impresos.
- ¿El I-Ching, tal vez?
- No, en realidad alguno de los muchos sistemas oraculares tradicionales, aptos para el consumo vulgar, más bien parecido a una lotería de vaticinios.
- Entonces, ¿cómo enfrenta el chino el inquietante misterio de la muerte?
- El chino no mira la Muerte como algo trágico. Un filósofo chino declara muy simplemente: “Un viejo que no sabe morir es un golfo”. Así lo entienden.
Cómo piensa Usted que fundamentan los chinos su moral, esa moral que las primeras misiones cristianas destacaban?
- Los primeros misioneros cristianos se esforzaban en pintar a sus potenciales prosélitos con color de rosa; no había otra manera de conseguir que se abriera la exigua bolsa de sus benefactores europeos primero, y norteamericanos después.
- Bueno, lo hicieron también los frailes con los indios americanos, para protegerlos de la codicia conquistadora.
- En lo que hace a los chinos, la verdad es que son un pueblo con moralidad de anémicos, que necesita, como los niños, de reglas de civismo y de buena conducta, de muchos rituales. El ritual chino es una institución singular, única. Para el que tiene que convivir con muchos otros, en un hormiguero humano como aquél, los ritos no pueden ser pasados por alto. Desde el último cooli hasta el primer mandarín, tratan de no perder la cara, su cara de palo, que a ellos les gusta, y en efecto, no teniendo principios, la cara es lo que vale. Porque, dicho sea de paso, los chinos son muy sensibles: una nada los hiere. Como los niños, tienen horror a las humillaciones. El miedo a sentirse humillados es lo que los hace ser tan corteses. Para no humillar a los demás. Se humillan antes, para no ser humillados. Sonríen. “Perder la cara”, quedar en situación de ridículo, es un temor enfermizo en ellos. ¡Jamás ser el hazmerreír!  Por eso mismo , los chinos saben ofenderse como nadie, y su literatura contiene, como puede esperarse de hombres corteses y susceptibles, las insolencias más crueles e infernales.
- Pero, sin embargo, tengo entendido que, antes de la llegada del europeo, la honestidad del chino, sobre todo en el comercio, era célebre en toda Asia…
- Sin duda. Pero, por honesto que sea, al chino no le choca la deshonestidad. ¿Es deshonesta la oruga que extrae una tajada de parénquima en una hoja de cerezo? El chino no es honesto ni deshonesto. Si las circunstancias están dadas para ser honesto, adoptará la honestidad como se adopta un idioma: lo hablará con absoluta fidelidad a las reglas establecidas, incluso más que un nativo, que se daría el lujo de corromperlo con su “slang”.
- Usted es un escritor, y un sensible artista: ¿qué es lo que más le impresionó en ese campo?
- Quizá sea su música, aunque hay que acostumbrarse a esos acordes que a nosotros nos parecen un poco barulleros. Pero eso es lo netamente chino, como su afición a celebrarlo todo con petardos y detonaciones. A pesar de ese barullo, la música china es la más pacífica del mundo; ni dormida ni lenta, pero sí pacífica, exenta del deseo de guerra, de mando, exenta hasta de sufrimientos, afectuosa. Es humana, bonachona, infantil y popular, y muy “familiera”.
Después, está su teatro. Sólo los chinos saben lo que es una representación teatral. Poseen una extraordinaria capacidad de simbolización  y, como los niños que arman un escenario con una tablita aquí, un baldecito allá, un palo de escoba acullá, ellos son capaces de armar con la imaginación un escenario nuevo cada tres minutos, que es lo que suele durar cada escena. Y sus asombrosas convenciones… Cada actor llega a escena con un traje y una cara pintada que dice en seguida lo que es. No hay trampa posible. Puede decir todo lo que quiera, que sabemos a qué atenernos. Tiene el carácter pintado en la cara. Rojo, es valiente; blanco con una raya negra atravesándole verticalmente el rostro, es traidor, y se sabe hasta qué punto; si no tiene más que un poco de blanco bajo la nariz, es un personaje cómico, etcétera. ¡Y la mímica! Es algo extraordinario. Cuando se ve servir, con el mayor cuidado, de un cántaro inexistente, agua inexistente sobre un lienzo inexistente, y frotarse el rostro y retorcer el lienzo inexistente , la existencia de esa agua invisible, y sin embargo evidente, se vuelve de algún modo alucinatoria; y si la actriz deja caer el cántaro (inexistente) y uno está en primera fila, se siente salpicado junto con ella.
Hay piezas de un movimiento continuo, incesante, donde se escalan muros inexistentes, para robar cofres inexistentes…
- Ahá… ¿Y de la literatura clásica que aún circulaba abundantemente por aquellos tiempos?
- Inconmensurablemente refinada. Los ayuda esa cosa tan peculiar que es el ideograma, que hace que cada palabra sea un paisaje, un conjunto de signos cuyos elementos, hasta en el poema más breve, promueven un sin fin de alusiones. Así la poesía china, casi telegráfica como es en su concisión gramatical, despierta un mundo de evocaciones. Son tantos sus sentidos implícitos, que se nos vuelve intraducible…
- Atardecía ya, y de pronto, al irse el sol, había ido cayendo ese frío precoz y brusco de los otoños en París. El librero se impacientaba, viendo que con mi charla le estaba distrayendo a su distinguido cliente, cerca de la hora de cierre. No quise abusar más de la atención que me había dispensado mi interlocutor, y consideré oportuno despedirme, agradeciéndole su cortesía.
- “Salúdeme asus compatriotas, allá en Buenos Aires”, me dijo con su formal sonrisa.
- Lo haré con todo gusto… (¡claro!, recordé de pronto…¡Si su libro fue traducido y editado por SUR, poco después de su viaje al Oriente, y él estuvo allá un buen tiempo!).
Vincenzo Caballero 
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(Para saber más sobre nuestro entrevistado y su libro de viajes

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